La inteligencia artificial puede organizar una escapada en segundos. Le decimos cuántos días tenemos, qué nos gusta y cuánto queremos caminar. Nos propone un recorrido, lugares donde comer y un programa para cada jornada. Es un buen punto de partida si llegamos a un destino del que sabemos poco. El viaje, sin embargo, no cabe en ese programa.
Este 27 de septiembre, el Día Mundial del Turismo se celebra bajo el lema «Agenda digital e inteligencia artificial». La elección invita a pensar en cómo usamos estas herramientas al viajar. La IA puede ayudarnos a escoger un camino o resolver una duda sobre el transporte. Para conocer el destino tendremos que recorrerlo y escuchar a su gente.
Lo que no cuenta una ruta
Una ruta circular aparece en el móvil con su distancia, su desnivel y el tiempo previsto. Al llegar, un guía puede explicar para qué se utilizaba aquel camino y por qué conviene evitar un tramo después de llover. En el pueblo, quien atiende una tienda quizá nos indique que esa mañana hay mercado en la localidad vecina. En un restaurante podremos preguntar de dónde viene un producto de la carta. Son detalles pequeños, pero cambian nuestra manera de recorrer el lugar.
El responsable de un alojamiento conoce los accesos y sabe qué problemas aparecen cuando cambia el tiempo. Una vecina puede contar cómo se vive en un pueblo que recibe visitantes solo unos meses al año. No todas las conversaciones nos descubrirán algo sorprendente. Aun así, escucharlas ayuda a entender el destino más allá de sus lugares de interés.
Una ruta importa por su trazado, pero también por el paisaje que atraviesa y por lo que hay al terminarla. La gastronomía no se reduce a una lista de restaurantes. Conocer la cultura de un lugar lleva más tiempo que encadenar visitas. Hace falta detenerse, preguntar y dejar espacio a lo que no estaba previsto.
La foto y lo que queda fuera
Las redes sociales han convertido algunos rincones en escenarios de una fotografía concreta. Hay quien llega, espera turno, repite el encuadre que ha visto en el móvil y se marcha. Es el postureo del «yo estuve allí». Cuando las visitas se concentran en unos pocos puntos, también puede desaparecer la tranquilidad que atraía a la gente. Quienes viven allí siguen conviviendo con esa afluencia después de que se publique la foto.
Las imágenes falsas añaden otro problema. Ya circulan fotografías y vídeos creados con IA que muestran lugares distintos de como son. Una imagen así puede despertar el interés por un destino y crear expectativas que el lugar real no tiene por qué cumplir. Antes de planear un viaje a partir de una foto, conviene comprobar quién la publica y buscar otras fuentes.
La IA podría repetir las recomendaciones que ya vemos en todas partes. También podemos pedirle rutas menos conocidas o pueblos cercanos. En ambos casos, habrá que comprobar sus respuestas como haríamos con cualquier consejo de viaje. Y ninguna recomendación nos dirá de antemano qué conversación acabará cambiando nuestros planes.
Después toca salir y dejar algún hueco en el programa. Entrar en un comercio, preguntar por un plato, cambiar de camino o detenerse sin buscar el mejor encuadre. En Turiski creemos que ninguna recomendación sustituye esas experiencias. La tecnología puede orientar el viaje, pero conocer un destino exige vivirlo.



