Ànima, el musical que se representa en el teatro Tívoli de Barcelona, hasta el 5 de abril, sale al encuentro del espectador con un notable despliegue visual y una clara vocación emocional. Más allá de su condición de gran espectáculo, el montaje incorpora un discurso sobre la libertad creativa de las mujeres y su lucha por abrirse camino en una industria históricamente dominada por hombres. Esa dimensión reivindicativa aporta al conjunto un valor añadido que trasciende la pura evasión y lo sitúa entre los títulos más sólidos de la temporada.
Ànima reúne en su partitura y en su libreto muchos de los ingredientes necesarios para cautivar al público durante 165 minutos, con descanso incluido. A medida que avanza la función, el espectador descubre que los sueños empujan a luchar por aquello que nos apasiona, aunque para hacerlos realidad haya que poner el alma en ello. El musical sabe emocionar, envolver y conectar con el patio de butacas, aunque en algunos pasajes subraya tanto su mensaje que pierde parte de la sutileza que habría hecho todavía más poderosa su propuesta. Aun así, la sinceridad del relato y su voluntad de celebrar el talento femenino terminan imponiéndose.

Brillo escénico
La historia se apoya en una producción visual muy cuidada, en la solidez de la música en directo y en una ambientación que recrea con eficacia los grandes estudios de animación norteamericanos durante la Gran Depresión de los años treinta. En aquel contexto, mientras el país buscaba refugio emocional en películas llenas de color, dentro de los estudios persistía una división profundamente desigual, con los hombres al frente de la creación y las mujeres relegadas a tareas subordinadas como el coloreado. Ese punto de partida sirve para explicar la lucha de las mujeres por reivindicar su igualdad. Ahí radica una de las mayores virtudes del montaje, porque convierte una reivindicación histórica en un espectáculo de gran formato sin vaciarla de sentido ni rebajar su carga simbólica.

El pulso del reparto
Paula Malia, dando vida a Greta, asume el peso principal de Ànima con entrega, sensibilidad y una presencia escénica que articula con firmeza el pulso de la función. Su trabajo resulta decisivo para que el relato no quede reducido a una sucesión de números brillantes, sino que conserve una auténtica columna emocional. Junto a ella, también destacan Diana Roig, Aina Sánchez, Oriol Burés, Víctor G. Casademunt, Clàudia Bravo, Bernat Cot, Anna Ferran, Lluís Marqués, Bernat Mestre, Albert Mora, Mireia Portas, Marc Pujol, Pol Roselló, Joana Roselló, Jan Sánchez, Clara Solé y Annabel Totusaus. Todo el reparto contribuye a sostener un montaje coral bien ensamblado, entregado de principio a fin sobre el escenario del Tívoli.
No todo en Ànima alcanza el mismo nivel de intensidad dramática y quizá alguna transición podría respirar con mayor ligereza, pero el balance final es claramente favorable. Porque cuando el musical acierta, y lo hace a menudo, encuentra ese punto en el que espectáculo, emoción y discurso avanzan de la mano. Ahí es donde conquista de verdad al público y donde explica que muchos espectadores abandonen el teatro con la sensación de haber asistido a una función con argumentos más que suficientes para consolidarse en la cartelera.



