Fernanda Maciel encontró en el salar de Uyuni un desafío poco habitual en su trayectoria. En esta inmensa costra de sal formada tras la evaporación de antiguos lagos del altiplano boliviano, corrió durante casi veinte horas sin una montaña que subir. La ultrarunner brasileña completó los 172,8 kilómetros entre Llica y Uyuni en 19 horas, 50 minutos y 8 segundos, entre el 28 y el 29 de septiembre de 2026.
Su tiempo rebajó en 13 horas, 14 minutos y 2 segundos la anterior referencia absoluta, los 33h04min10s establecidos por el brasileño Valmor Giuseppe Leonardo en mayo de 2023 y recogidos por Guinness World Records.

La dificultad de la travesía de Fernanda Maciel no estaba en las subidas, con apenas 311 metros de desnivel positivo, sino en correr a unos 3.700 metros de altitud y en las condiciones que encontró sobre el terreno. Una granizada había dejado zonas inundadas y barro, además de agujeros ocultos bajo el agua que la obligaron a extremar la precaución.
Salar de Uyuni: cómo se formó el mayor desierto de sal del planeta
Situado a unos 3.650 metros de altitud, en el altiplano del suroeste de Bolivia, el salar de Uyuni es el mayor desierto de sal del planeta, con unos 10.500 kilómetros cuadrados de superficie. Su origen está en los grandes lagos que ocuparon esta cuenca andina durante el Pleistoceno. En sucesivos periodos secos, sus aguas fueron reduciéndose por evaporación. Como la cuenca carecía de salida al mar, las sales y otros minerales quedaron retenidos y se acumularon durante miles de años hasta formar la costra blanca que caracteriza el paisaje actual.
La superficie contiene principalmente halita —la sal común— y yeso, mientras que bajo la costra se encuentra salmuera, agua con una elevada concentración de sales disueltas. El salar no permanece seco todo el año: durante la temporada de lluvias, una fina lámina de agua puede cubrir amplias zonas y producir su conocido efecto espejo, que refleja el cielo y llega a desdibujar el horizonte.
Una travesía con asistencia y sin referencias cercanas
Maciel salió a las cinco de la mañana del 28 de septiembre, bajo el arco de entrada y salida de Llica, en el extremo occidental del recorrido. Por delante tenía una travesía hacia el este, siguiendo el mismo trazado GPS utilizado para la anterior marca. La llegada estaba fijada junto a la iglesia de Uyuni, después de unos 145 kilómetros de salar y otros 27 de carretera.
La corredora avanzó sola a pie, aunque dispuso de apoyo logístico. En el relato que presentó a la plataforma Fastest Known Time, explica que su cámara se desplazaba en un vehículo 4×4 y le proporcionaba comida, agua y material aproximadamente cada veinte kilómetros. El registro figura, por tanto, en la modalidad con asistencia, denominada supported.
El teléfono, con la ruta cargada, fue una herramienta fundamental. En aquella extensión blanca, las referencias visuales escaseaban y la distancia resultaba difícil de calcular a simple vista. Maciel tuvo que reducir el ritmo en algunos momentos para comprobar la dirección. Mantener el rumbo también exigía atención. Cualquier desvío sumaba metros a una travesía ya de por sí larga.

El agua cambia las reglas del desierto
La granizada previa había alterado las condiciones del terreno. Había sectores cubiertos por una lámina de agua, zonas embarradas y pequeños agujeros que escondían agua bajo la superficie. La costra de sal exigía observar dónde apoyar el pie, incluso en un recorrido prácticamente llano. «Tenía que prestar atención todo el tiempo a dónde ponía los pies», explicó Maciel. Esa vigilancia condicionaba la zancada y obligaba a adaptar la velocidad al estado de cada tramo. La regularidad del perfil no garantizaba poder correr con la misma soltura durante toda la travesía.
Cerca del kilómetro 145, al afrontar una sucesión de zonas encharcadas, se detuvo para cambiarse las zapatillas y los calcetines. Era una intervención concreta sobre un problema que podía acompañarla hasta el final, ya que todavía quedaba el enlace por carretera hasta Uyuni. La altitud añadía otra dificultad sostenida. El recorrido transcurría a una cota propia de la alta montaña, con menor disponibilidad de oxígeno que al nivel del mar.
Maciel buscó desde el principio un esfuerzo que pudiera mantener durante toda la distancia, sin imponerse un ritmo fijo. «Tenía que adaptar las piernas a un ritmo en el que mi cuerpo se sintiera cómodo corriendo 170 kilómetros en altitud, en un desierto», señaló. Para gestionar la inmensidad del escenario, también procuró mirar poco el reloj.

Del estómago cerrado a la oportunidad de bajar de veinte horas
Después de los primeros cien kilómetros, la alimentación empezó a complicarse. Las piernas seguían respondiendo, pero el estómago toleraba peor la comida. La dificultad llegaba cuando aún quedaban muchas horas de actividad y debía seguir gestionando la ingesta de líquidos y energía en un espacio abierto, expuesto al sol. Con la caída de la noche, el terreno se volvió más difícil de interpretar. Las luces de hoteles y viviendas próximas al borde del salar acabaron ofreciendo una referencia hacia Uyuni. Su estrategia consistía en mantenerse sobre el trazado, ajustar la velocidad cuando fuera necesario y evitar paradas innecesarias.
El cambio decisivo llegó al alcanzar la carretera. Llevaba 16 horas y 45 minutos en movimiento y comprendió que podía terminar por debajo de las veinte horas. Hasta entonces había corrido adaptándose al terreno y a sus sensaciones, pero ahora disponía de un objetivo inmediato para los últimos kilómetros. Pese al agotamiento, completó el tramo final a una velocidad cercana a los diez kilómetros por hora. Alcanzó la iglesia de Uyuni hacia las 00.50 del 29 de septiembre, con el cronómetro detenido en 19h50min08s.
«Todo mi cuerpo estaba agotado, pero seguí empujando. Fue pura fuerza mental. Tenía las piernas destrozadas; no podía alargar la zancada», relató a su llegada. Su explicación resumía también lo extraño del escenario para una especialista en trailrunning y ultratrail. «Sé correr por las montañas, pero no en llano».

Del Vinson al Naranjo de Bulnes: buscar un terreno distinto
La brasileña, que ejerció como abogada ambiental antes de dedicarse al deporte profesional y reside en Chamonix, ha desarrollado una amplia trayectoria de proyectos personales y récords de resistencia. Su presencia en la competición se ha reducido en los últimos años, aunque sigue participando en algunas carreras. Sus desafíos la han llevado al Aconcagua, el Kilimanjaro, el Gran Paradiso y los hielos patagónicos. Uyuni añade un escenario diferente a ese recorrido, con una larga travesía horizontal en altitud.
Entre sus antecedentes destaca el récord de ascenso y descenso al monte Vinson, en la Antártida. En diciembre de 2022 completó los 34,8 kilómetros de ida y vuelta desde el campamento base en 9 horas y 41 minutos, en una actividad que combinó desplazamiento rápido, terreno glaciar y frío extremo.
En España, otro de sus retos fue el Desafío Cantabria, que terminó en la cima del Naranjo de Bulnes. En septiembre de 2020 enlazó 83 kilómetros y 6.200 metros de desnivel positivo desde San Vicente de la Barquera con la escalada al Picu Urriellu junto a Eneko Pou. El proyecto, del Cantábrico a la cumbre, sumó 14 horas y 47 minutos.
En Uyuni, Maciel cambió las pendientes de las grandes montañas por la inmensidad de un desierto de sal. El terreno era distinto, pero la incertidumbre volvía a formar parte del desafío. «Estos proyectos de larga distancia tienen un resultado completamente incierto y eso me da miedo. También me encanta, porque es algo nuevo para lo que tengo que prepararme y con lo que necesito conectar».



