Cuando el 26 de febrero de 1883 se estrenó por primera vez en el Gran Teatre del Liceu La Gioconda, el cronista J. Puiggarí publicó el 28 de febrero en La Vanguardia que la ópera había gustado al público barcelonés, pero que la obra de Amilcare Ponchielli aún tenía margen de mejora en las siguientes representaciones. Hoy, y con funciones programadas hasta el 2 de marzo, aquel juicio inicial, entre el aplauso y la reserva, funciona casi como un espejo que mide cuánto ha cambiado la mirada del espectador.
Venecia como herida abierta
Ciento cuarenta y tres años después, los cuatro actos de La Gioconda, anclada en una Venecia opresiva y laberíntica, cautivan plenamente al respetable que se da cita en el foro liceístico barcelonés, gracias a una colosal producción que impacta desde el primer acto, poniendo el dedo en una herida todavía abierta, la del cuerpo femenino como campo de batalla, la del poder que se esconde detrás del orden, la belleza, la apariencia, la del sacrificio como forma extrema de resistencia. La escena no embellece el dolor, lo señala, lo enmarca y lo convierte en pregunta. Y cuando la música se detiene, no podemos evitar hacernos una cuestión incómoda. ¿Qué parte de la vida hay que estar dispuestos a sacrificar para poder seguir siendo dueños de ella?
Un reparto de alto voltaje
En el reparto, Saioa Hernández y Ekaterina Semenchuk se alternan dando vida a La Gioconda. Ksenia Dudnikova y Varduhi Abrahamyan se meten en días alternos en la piel de Laura Adorno. John Relyea y Alexander Köpeczi son Alvise Badoero. Violeta Urmana y Anna Kissjudit fascinan como La Cieca. Michael Fabiano y Marti Muehle bordan el personaje de Enzo Grimaldo, mientras que Gabriele Viviani y Àngel Òdena encarnan a Barnaba, quien en los últimos suspiros de la obra hace saber a Gioconda que su madre, la Cieca, ha muerto en la cárcel. Ese anuncio final cae como una losa moral, porque llega con la puntualidad cruel de lo irreversible. Demasiado tarde. Gioconda acaba de morir.
El tercer acto, el clímax
Todo este selecto elenco, arropado por un elegante cuerpo de baile, figurantes y acróbatas, conforma una monumental puesta en escena que llega al éxtasis durante el tercer acto, cuando Laura es acusada de infidelidad y es condenada a ingerir un veneno mortal antes de que el canto de los venecianos llegue al final. Ahí, en ese tramo decisivo, la dramaturgia se vuelve casi física y el teatro respira a la vez que el público, como si la tensión se midiera en silencio y no en compases.



