No es fácil acercarse hoy a La Ratonera sin sentir el peso de su leyenda. La obra de Agatha Christie, la más longeva de los escenarios teatrales tras encadenar 71 años seguidos en la cartelera londinense, llega ahora al Teatre Apolo en una nueva versión dirigida por Ignasi Vidal, que busca acercarla al espectador actual sin desmontar la arquitectura del original. Y ese intento, siempre arriesgado cuando se toca un mito, encuentra aquí momentos de indudable eficacia.
Clásico bajo revisión
Cuando este cronista preguntó al elenco si la autora habría aprobado la propuesta, la respuesta fue afirmativa, aunque con matices. Christie, tan celosa de sus mecanismos dramáticos, quizá habría torcido el gesto ante algunas inflexiones más contemporáneas del lenguaje, pero seguramente habría reconocido la fidelidad al corazón de una historia que sigue funcionando precisamente porque conoce a la perfección el arte de sembrar sospechas.
La tensión del encierro
La dirección de Ignasi Vidal juega esa partida con inteligencia. No pretende reinventar el clásico, sino activar su tensión, darle una respiración más cercana y evitar que la pieza quede embalsamada en su propia fama. La acción transcurre en esa casa de huéspedes aislada en las afueras de Londres, un espacio cerrado, incómodo y propicio para que el miedo se deslice poco a poco entre los personajes. Ahí reside una de las claves del montaje, en convertir el encierro en una amenaza latente y al espectador en cómplice de esa inquietud.
Reparto al servicio de la duda
El reparto responde con solvencia. Octavi Pujades, Bernat Quintana, David Bagés, Rebeca Valls, que alterna función con Lara Salvador, Lola Moltó, Diego Braguinsky, que comparte papel con Leo de Bari, y Bruno Tamarit sostienen con oficio un engranaje donde nadie parece del todo inocente. Más que buscar grandes exhibiciones interpretativas, el montaje necesita precisión, manejo del ritmo y capacidad para sostener la duda, y ahí el elenco cumple con solidez. Cada personaje entra en escena dejando una sombra, una sospecha, una grieta.
El mecanismo sigue vivo
La Ratonera no vive de la nostalgia, sino de su mecanismo. Y ese mecanismo, bien servido, sigue atrapando. Puede que algunas costuras del texto delaten el paso del tiempo y que la actualización no siempre resulte igual de natural, pero el suspense permanece en pie, que no es poco en un clásico tantas veces revisitado. Esa es, seguramente, la mejor noticia de esta versión, que puede verse en el Teatre Apolo hasta el 3 de mayo.



