Posiblemente, con la puesta en escena de “La Truita” en el Teatre Poliorama, se ha estrenado una de las obras llamadas a marcar la temporada teatral barcelonesa. El reparto lo encabezan dos veteranos de enorme solvencia, Emma Vilarasau y Jordi Boixaderas, pero el verdadero pulso de la función nace del equilibrio con los otros seis intérpretes: Sara Espígul, Arnau Puig, Júlia Bonjoch, Miranda Gas, Marc Bosch y Tai Fati. Ocho protagonistas, atrapados en su dramática soledad, levantan una función que respira teatro en estado puro.
Todos ellos completan un elenco capaz de estremecer al espectador sin subrayados innecesarios, con una intensidad que se cuece a fuego lento hasta alcanzar una temperatura emocional difícil de esquivar. Durante dos horas, la obra avanza hacia un final de enorme impacto, de esos que desarman al público y provocan un llanto que no busca el golpe fácil, sino la verdad acumulada de todo lo vivido en escena. De ese estremecimiento, este cronista que escribe tampoco pudo escapar.

La familia como campo de batalla
El texto de Baptiste Amann, con traducción de Carles Batlle y dirección de Ferran Utzet, comienza apostando por el humor, la ironía fina y una mirada contemporánea sobre la familia, pero sin frenar en ningún momento la progresión dramática. La acción se sitúa durante un almuerzo organizado por una pareja madura, interpretada por Emma Vilarasau y Jordi Boixaderas, con motivo del sesenta y cinco cumpleaños de él. A la casa de campo donde viven desde hace unos meses llegan sus tres hijas, acompañadas de sus respectivas parejas e hijos.
La aparente celebración se tambalea por un gesto mínimo y, a la vez, demoledor: la hija mediana, convertida en lacto-pesco-vegetariana, se niega a comer la ternera preparada por la madre y le pide que le cocine una trucha comprada de camino en una piscifactoría. A partir de ese conflicto casi doméstico, incluso aparentemente banal, “La Truita” despliega una tormenta familiar donde la comida deja de ser comida para convertirse en memoria, reproche, identidad y resistencia.
Al respecto, Boixaderas conviene que “como no es una familia desestructurada, la obra se puede centrar en explicar la personalidad de las tres hijas y la relación con los padres”. Y ahí reside una de las grandes virtudes de “La Truita”. No necesita convertir a la familia en una caricatura del desastre para hablar del dolor, de la incomunicación, de la herencia emocional o de las cuentas pendientes que atraviesan a padres e hijos. Le basta con situarlos alrededor de una mesa, ante un plato rechazado, para que la convivencia revele todo aquello que la educación, la cortesía y el amor familiar suelen mantener bajo llave.

Monólogos que abren heridas
Seduce “La Truita” porque los monólogos de los ocho protagonistas están escritos en un lenguaje poético, muy distinto al registro más directo de los diálogos familiares. Esa alternancia permite que la obra respire en dos planos. Por un lado, la conversación cotidiana, reconocible, casi doméstica. Por otro, una corriente subterránea de pensamiento, memoria y deseo frustrado que convierte a cada personaje en algo más que una pieza del conflicto familiar.
Emma Vilarasau lo expresa sin remilgos cuando recuerda que “dicen que a los hijos los adoras y los odias con la misma intensidad. Todos tienen facetas preciosas. Sin embargo, la obra no pretende dar una lección moral y eso también es significativo”. La actriz no se olvida de citar a Josep Domènech, productor de Bitò, “que se enamoró de este texto y ha luchado para que se pudiera hacer realidad, a pesar de que su autor es poco conocido”.
En esa renuncia a la moraleja se encuentra otra de las claves del montaje. “La Truita” no sermonea, no reparte culpables ni absuelve con facilidad. Prefiere observar cómo una familia se contradice, se hiere, se protege y se reconoce, a veces demasiado tarde, en aquello que parecía una simple discusión de sobremesa.
Un escenario de fracturas
Con una atrevida escenografía y vestuario de Albert Pascual, “La Truita” nos convierte en testigos de un enfrentamiento generacional que no se presenta como una simple batalla entre padres e hijos, sino como una fricción de valores, hábitos y heridas heredadas. La escenografía no solo acompaña la acción, sino que ayuda a construir ese clima de celebración torcida, de almuerzo familiar que poco a poco deja de ser refugio para convertirse en revelación.
Precisamente en ese territorio, Emma Vilarasau sentencia que “cada generación se rebota un poco contra la anterior y yo me reboté contra mis padres”. La frase resume bien el nervio de una función que habla de vínculos, pero también de resistencia. De afectos, pero también de rabia. De todo aquello que una familia calla hasta que el teatro, cuando alcanza esta temperatura emocional, se atreve por fin a decirlo.
“La Truita” habla de amor, de comida, de familia, de muerte, de generaciones y de valores compartidos o discutidos. Pero, sobre todo, habla de esa zona incómoda donde los afectos no siempre salvan, aunque sigan siendo el único lugar al que volver. Y ahí, en esa mezcla de ternura, lucidez y herida abierta, la función encuentra su grandeza.



