Aterrizamos el domingo 31 de mayo en Múnich, elegante, acogedora, cervecera y profundamente bávara, antes de adentrarnos al día siguiente en la Austria imperial de Francisco José y Sissí. Pero antes de abandonar territorio germánico hicimos una parada en Oberammergau, un pintoresco pueblo bávaro que merece una visita pausada. Sus casas decoradas con frescos, sus calles tranquilas y hasta su peculiar cementerio invitan a caminar sin prisa. Entre las fachadas más fotografiadas aparece la casa de Caperucita Roja, esta vez sin lobo que nos sobresalte.
De Múnich al Tirol
El trayecto de unas dos horas hasta Innsbruck, serpenteando por valles alpinos y carreteras cada vez más escénicas, es una auténtica delicia para recrear la vista. El primer momento de emoción llegó a pocos kilómetros de la ciudad, cuando Innsbruck apareció encajada entre montañas. No había regresado desde 1980 y la sensación fue la de reencontrarse con una postal guardada en la memoria.
Tocaba descansar en el Alphotel, un cuatro estrellas correcto y cómodo, con piscina cubierta y exterior, situado en una zona elevada de la ciudad olímpica. El apelativo no es gratuito. Innsbruck acogió los Juegos Olímpicos de Invierno de 1964 y 1976, y en 2012 reforzó su vínculo con el deporte blanco al organizar los Juegos Olímpicos de la Juventud de Invierno.

Innsbruck, imperial y olímpica
Primera recomendación práctica: comprar antes del viaje la Innsbruck Card, que permite acceder a museos, palacios, atracciones y transporte público, además de incluir algunos de los grandes reclamos de la ciudad. Es una opción muy útil si se quiere aprovechar bien la estancia y moverse sin estar pendiente de cada billete. La tarjeta cobra aún más sentido en una ciudad donde casi todo invita a combinar cultura, paseo urbano y montaña. Innsbruck no se visita solo por lo que conserva en su casco histórico, sino también por esa relación directa con los Alpes que aparece al final de cada calle. En invierno, esa identidad se acentúa todavía más y la ciudad se convierte en una de las grandes capitales alpinas del esquí, con estaciones cercanas y una tradición deportiva que forma parte de su carácter.
Paseamos a nuestras anchas por buena parte de los monumentos que explican la evolución de Innsbruck. La ciudad conserva la huella del siglo XV, cuando fue residencia del emperador Maximiliano de Habsburgo, pero también la memoria más reciente de sus dos Juegos Olímpicos de Invierno. A ello se suma un pasado marcado por las batallas contra los ejércitos napoleónicos en el siglo XIX.
Dentro del casco histórico no hay que perderse el Tejadito de Oro, la fachada de la Catedral de Santiago, la Hofkirche o la calle María Teresa. También conviene subir a alguna de las terrazas panorámicas del centro, desde donde Innsbruck se entiende mucho mejor: una ciudad urbana, elegante y, al mismo tiempo, abrazada por la montaña.
La Nordkette, el Tirol en vertical
Para tener una sensación más idílica de Innsbruck, Turiski recomienda subir en el funicular y teleférico de la Nordkette. En pocos minutos, la ciudad queda abajo y el paisaje alpino se impone con toda su fuerza. El recorrido conduce hasta Seegrube, a 1.905 metros de altitud, desde donde se disfrutan unas vistas espectaculares incluso con el cielo cubierto.
Fue otro de los grandes momentos del viaje: el Tirol en estado puro. Un segundo tramo de teleférico permite continuar hasta el mirador de Hafelekar, conocido como Top of Innsbruck, por encima de los 2.200 metros, donde la panorámica se abre hacia las montañas y los pequeños restos de nieve que todavía sobreviven en altura. En el interior, un audiovisual recuerda la historia de esta infraestructura y ayuda a entender la dificultad de levantar una conexión así en plena montaña.
Rumbo a Salzburgo entre cascadas
Dejamos Innsbruck camino de Salzburgo. El trayecto vuelve a ser parte del viaje. La carretera avanza entre paisajes que parecen sacados de Sonrisas y lágrimas, con prados verdes, pueblos de postal y montañas siempre presentes en el horizonte.
Antes de llegar a la ciudad de Mozart hicimos parada en las cascadas de Krimml. Basta caminar unos minutos por el bosque para escuchar el estruendo del agua y acercarse a uno de los grandes espectáculos naturales de Austria. Sus saltos, especialmente potentes en época de deshielo, convierten el lugar en una visita muy recomendable para cualquier viajero que combine ciudad y naturaleza.

Salzburgo, Mozart y jardines con sorpresa
De Krimml a Salzburgo hay unas dos horas de coche. La recompensa es una ciudad elegante, musical y perfectamente manejable a pie. Allí se visita la casa museo de Mozart, uno de los compositores más geniales de todos los tiempos, y se recorren espacios imprescindibles como los jardines del Palacio de Mirabell, la catedral, la plaza de la Residencia y la Getreidegasse, una de las calles más reconocibles del centro histórico.
Nos alojamos en el Plaza Premium. El desayuno fue correcto y el hotel, sin grandes lujos, resultó confortable para una estancia breve.
Además de subir en funicular a la Fortaleza de Hohensalzburg, con una vista espectacular sobre la ciudad, otra excursión clásica es el Palacio de Hellbrunn. Sus jardines y sus ingeniosos juegos de agua siguen sorprendiendo a los visitantes más distraídos, que acaban descubriendo que en Salzburgo también hay espacio para el humor y la teatralidad.
Camino de Viena por los lagos
En ruta hacia Viena merece la pena desviarse para conocer alguno de los lagos de los que Austria presume con razón. Turiski.es se detuvo en St. Wolfgang, un pueblo situado a orillas del lago del mismo nombre. El entorno invita al baño en pequeñas playas, al paseo junto al agua y a una comida tranquila en alguno de sus restaurantes.
Allí no faltan las grandes escalopas, regadas con cerveza del país, distinta en matices a la bávara pero igualmente recomendable para acompañar una jornada de carretera y paisaje. La iglesia de St. Wolfgang alberga, además, dos retablos barrocos que justifican una visita antes de continuar la ruta.

(Copyright/Lola Rojas)
Viena, la ciudad imperial que se mueve en tranvía
Y por fin llegamos a Viena. Aquí la Vienna City Card nos permitió movernos con total libertad por una capital extensa, monumental y muy bien conectada. La ciudad exige tiempo, pero recompensa cada desplazamiento. Entre las visitas imprescindibles aparecen la Biblioteca Nacional Austriaca, la Ópera, el Museo de Sissí, el palacio Belvedere y los tranvías que permiten alcanzar zonas más elevadas de la ciudad para contemplar la puesta de sol.
Una recomendación sencilla: subirse al bus turístico, por ejemplo desde la zona de la Votivkirche. La ruta resulta muy interesante porque cruza varias veces el Danubio, recorre áreas modernas de oficinas y multinacionales, se acerca al Prater y permite hacerse una idea global de la ciudad sin agotarse en los primeros días.

También permite disfrutar de la Ringstrasse, el gran bulevar circular de Viena, donde se concentran algunos de los edificios más representativos de la capital: el Museo de Historia del Arte, el Museo de Historia Natural, el Parlamento, la Ópera y la iglesia Votiva. Es una avenida para mirar despacio, bajar, volver a subir y dejar que la ciudad vaya mostrando sus capas.
Nuestro punto de referencia fue precisamente la Votivkirche, desde donde nos desplazábamos hasta el hotel Senator Viena, situado a unos quince minutos en el tranvía 43. Viena cerró así una semana intensa, entre Alpes, música, lagos e historia imperial; un viaje de siete días que confirma que Austria se disfruta tanto en sus ciudades como en los paisajes que las conectan.
Austria en siete días, cómo organizar la ruta
- Punto de entrada recomendado — Múnich es una buena puerta de acceso para iniciar el viaje hacia el Tirol y entrar en Austria por carretera.
- Primera gran parada — Innsbruck permite combinar centro histórico, ambiente alpino y una subida espectacular a la Nordkette.
- Tramo más escénico — El recorrido entre Innsbruck y Salzburgo atraviesa valles, pueblos de montaña y paisajes muy fotogénicos.
- Parada natural imprescindible — Las cascadas de Krimml ofrecen una de las imágenes más potentes del viaje, especialmente en época de deshielo.
- Entre Salzburgo y Viena — Merece la pena desviarse hacia alguno de los lagos austríacos, como St. Wolfgang, para añadir una pausa más tranquila y paisajística.
- Final urbano — Viena exige tiempo y buen uso del transporte público. La Ringstrasse, la Ópera, el Belvedere y la Biblioteca Nacional son visitas clave.
- Consejo Turiski — Las tarjetas turísticas de Innsbruck, Salzburgo y Viena pueden compensar si se aprovechan museos, transporte, funiculares y visitas panorámicas.



