Hay películas que reconstruyen un hecho real y películas que, además, te devuelven al lugar. «Balandrau, viento salvaje» pertenece a la segunda categoría. No se limita a recordar la tragedia del 30 de diciembre de 2000, cuando el torb convirtió el ascenso al Balandrau 2.585m en una trampa blanca, sino que te obliga a sentirla desde dentro, con ese frío que no se ve y, sin embargo, se queda pegado a la piel. Aquel día la montaña se cobró nueve vidas en el entorno del Balandrau y cimas cercanas, y la película lo menciona sin morbo, como debe hacerse cuando el dolor sigue vivo, aunque hayan pasado 25 años.
La montaña manda
Rodada en el Pirineo catalán, con secuencias también en la zona de Camprodon y en Vallter, donde ocurrió todo, la película acierta al tratar la montaña como personaje y juez, no como decorado. La nieve no es un recurso estético, es materia narrativa. La ventisca no acompaña, gobierna, aunque parte de ella se haya rodado en un estudio. Y cuando el film recrea la tormenta, lo hace sin fuegos artificiales, con una puesta en escena que prioriza desorientación, ruido y urgencia, esa sensación de no encontrar ni el propio cuerpo dentro del vendaval.

(Copyright/Filmax)
Trullols, una ópera prima con pulso
Fernando Trullols firma su ópera prima con una sorprendente madurez. Se nota el salto al largometraje, pero también una idea clara de lo que quiere evitar. El efectismo. Su dirección apuesta por la experiencia física del torb y por el temblor emocional de quienes quedan atrapados dentro, en la montaña o en la espera del valle. No busca grandes frases. Busca miradas, decisiones difíciles y silencios que pesan.
Marc Martínez y Álvaro Cervantes sostienen el corazón del film
Marc Martínez borda al bombero Siscu, inspirado en Francesc Carola, jefe del parque de Camprodon y figura clave en los rescates de la zona. Su interpretación evita el héroe de cartón y propone algo más verdadero. Liderazgo persisitente, cálculo frío del riesgo y humanidad a raudales. La emoción se multiplica por un hecho inevitable, Carola falleció en 2024 y no pudo colaborar en el proyecto de la película. Algunas escenas quedan con un eco distinto, como si la película también estuviera hablando con él.
Álvaro Cervantes, como Josep Maria Vilá, el único superviviente del grupo, firma una de esas interpretaciones que impresionan por lo que no subrayan. Está excelente en lo más difícil, no explicar el miedo, arrastrarlo. Su supervivencia no es épica de pancarta, es un combate lento, íntimo, casi animal, donde cada decisión cuesta.
Esa contención no es casual. Antes de comenzar el rodaje, Álvaro Cervantes y Josep Maria Vilá mantuvieron un encuentro personal, promovido por el director. Cervantes quiso mirarlo a los ojos y preguntar lo que no apareció en la prensas ni en los titulares, qué se recuerda de verdad cuando el torb te encierra, qué se olvida, qué ruido queda dentro y qué palabra habría necesitado escuchar entonces para no rendirse. Ese diálogo, íntimo y sin cámaras, acabó funcionando como una brújula para el actor, un punto de apoyo para interpretar desde la verdad y no desde el gesto.
El personaje femenino, la novia de Josep Maria Vilá, lo encarna Bruna Cusí, que cumple con solvencia y aporta verdad emocional en cada aparición. Está bien, muy medida, pero nos quedamos con ganas de más presencia y matices, aunque el guion no se lo permite.

El rescate sin espectáculo
Balandrau, viento salvaje entiende algo esencial, el rescate no es un clímax heroico, es un trabajo milimétrico en un escenario que no perdona. Cuando llega el helicóptero y la extracción con cable del único superviviente, la escena funciona porque no busca aplauso. Busca verdad, tensión técnica y humana. La colaboración de Bombers de la Generalitat se percibe en los detalles y, sobre todo, en el respeto con el que se filma.
El bombero que pilotó el helicóptero de rescate hace 25 años es el mismo que vuelve a ponerse a los mandos en el rodaje. Y el rescate que vemos en pantalla lo protagoniza Álvaro Cervantes, sin doble, en una secuencia que se rodó hasta cuatro veces. Son detalles que hablan de implicación y autenticidad, y que explican por qué la película duele sin necesidad de subrayados.
De la memoria al guion
En la producción ejecutiva aparece un nombre decisivo para que la película no se convierta en un melodrama fácil. Guille Cascante, gran conocedor del caso, dirigió “Balandrau, infern glaçat”, el documental que asentó las bases del relato y que se estrenó en 2021 en TV3. Esa mirada previa se nota en el tono, en cómo la película ordena el drama sin explotarlo y en cómo convierte la tragedia en memoria compartida, no en espectáculo. Y conviene recordarlo, el guion también bebe del libro Tres nits de torb i un Cap d’Any, del meteorólogo Jordi Cruz.
Algún personaje se queda corto
Hay momentos puntuales en los que un personaje secundario flojea. Su interpretación resulta demasiado mecánica y transmite poco, de modo que queda más al servicio de ordenar la narración que de aportar profundidad. Pero tampoco hace falta señalarlo con el dedo. Aun así, la película se impone por su ambición, por su factura y por su honestidad.
En resumen, es una cinta que no explota el dolor, lo acompaña. Un homenaje que no idealiza, que mira a las víctimas, a sus familias y a los rescatadores con respeto, y que convierte el Pirineo catalán en una memoria viva que aún duele. Estreno en cines el 20 de febrero.




