Andreu Velilla (1966-2026) se ha ido demasiado pronto. Aún no había cumplido los 61 años cuando una dolencia cardíaca repentina le arrebató la vida, sin margen para reaccionar, dejando a Boí Taüll y a toda la Vall de Boí con esa sensación irreal que solo acompaña a las pérdidas inesperadas.
En la estación, en el equipo y entre quienes han compartido turnos, campañas y temporadas con él, la noticia ha caído como un golpe seco. Todavía estamos en shock, porque nadie se prepara para despedir a alguien así, de un día para otro. Andreu era de esas personas que hacen comunidad sin proponérselo, un compañero de verdad, cercano y siempre disponible. Tenía un carácter afable, una manera de estar que suavizaba los días intensos y una actitud que rara vez se cerraba en un no.
De Barcelona a la Vall de Boí, el giro de una vida
Nacido en Barcelona, Andreu cumplía años en julio. Su vida profesional estuvo ligada al turismo desde el principio, primero en el ámbito de las agencias de viajes, donde fue construyendo ese instinto comercial que se aprende con el trato diario y con la curiosidad de entender a la gente. En 2004 decidió cambiar de rumbo. Dejó la gran ciudad y eligió la Vall de Boí para vivir, un paso valiente que hizo desde abajo y sin atajos.
Empezó como recepcionista en los apartamentos La Solana, y desde ahí fue creciendo con la constancia del autodidacta y con una energía que parecía inagotable cuando se trataba de sumar. No presumía de títulos ni de discursos. Su formación era autodidacta, sí, pero tenía algo que hoy se echa en falta, ese espíritu comercial con alma, el de escuchar antes de proponer y el de construir relaciones que no se rompen al terminar una temporada. Era lo quwe ingles se conococe com un self-made man.
El comercial que hacía equipo
Con los años, esa vocación por conectar personas, ideas y oportunidades se convirtió en su sello. Desde 2013 ocupaba el cargo de responsable comercial de la estación de Boí Taüll, un rol en el que supo unir el pulso del territorio con las necesidades de una estación moderna. Era comercial en el sentido más noble del término. Escuchaba, proponía, cuidaba, y lo hacía con una naturalidad que hacía sentir a los demás que estaban en buenas manos.
Andreu no era solo un profesional eficaz. Era una presencia. De esas que ordenan el día sin imponerse, que dan calma cuando algo se complica y que se acuerdan de los nombres y de los pequeños detalles. Por eso, cuando hoy se habla de él, se repite una idea con una unanimidad rara. Era muy querido por todos.
La última noche, el golpe más inesperado
La última noche compartida con muchos de los suyos fue la cena de cierre del GastroPirineus 2026, celebrada en el Restaurant L’Aüt, en Erill la Vall, en una edición que este año tuvo su sede en Boí Taüll. Andreu estuvo allí, disfrutando con sus compañeros, participando de ese ambiente de final de jornada en el que se mezclan el cansancio y el orgullo del trabajo bien hecho.
Ya de madrugada se encontró mal. Y, no hubo tiempo para nada. Falleció en su domicilio de Barruera, tras un episodio cardíaco fulminante.
“No se puede creer… lo vamos a echar de menos»
Xavier González, responsable operativo de los servicios generales de la estación, lo resumió con una emoción difícil de esconder, con palabras que hoy son también el sentir de muchos. “Andreu era un compañero excelente, de los que no fallan nunca. De los que están cuando toca apretar y cuando toca escuchar. Hoy cuesta aceptar que no volveremos a verle entrar por la estación con esa manera suya, siempre amable, siempre sumando. Era de los que hacen equipo de verdad, y lo vamos a echar muchísimo de menos”.
Un futuro que ya imaginaba
En los últimos tiempos, Andreu hablaba también de futuro. Pensaba en cómo viviría la etapa posterior a la jubilación y lo hacía con ilusión tranquila, sin prisa, pero con planes concretos. Hace dos años compró un terreno y una casa en Asturias, un proyecto personal que estaba rehabilitando con paciencia, imaginando allí una vida distinta cuando llegara el momento de bajar el ritmo.
Esa casa habla de él. De su manera de construir a fuego lento, de no rendirse ante lo complicado y de poner cariño en lo que parecía pequeño. La estaba rehabilitando con paciencia, como quien prepara un hogar para el descanso merecido. Y duele pensar que ese tiempo, el suyo, se haya detenido antes de llegar.
Descansa en paz, Andreu. La montaña que elegiste como hogar te recordará siempre.



