GastroPirineus 2026 no se limitó a trasladar un congreso gastronómico a una estación de esquí. En Boí Taüll, a 2.035 metros, la cocina se integró en el pulso de la alta montaña con las pistas abiertas, el sonido del esquí de fondo y los fogones trabajando como si siempre hubieran estado allí. Fueron dos matinales, 1 y 2 de marzo, con una decena de cocineros y cocineras que subieron su oficio a pie de pistas y convirtieron el anfiteatro de cumbres nevadas en parte del relato.
En esta 11.ª edición, la idea de cocina de montaña dejó de ser un lema para convertirse en experiencia. El Pirineo apareció como despensa, memoria, técnica y economía de proximidad, y también como espacio de pensamiento contemporáneo. En ese arco que va de la tradición a la vanguardia, el certamen encontró un punto de equilibrio que se entendió desde el primer plato.

La despensa del Pirineo entendida como memoria y resistencia
La jornada inaugural se abrió con Eli Farrero (El Ventador, Barruera). Su sesión giró alrededor del «rebost del Pirineu» (despensa del Pirineo) como una forma de sostener la vida en el territorio. Conservas, fermentaciones y elaboraciones lentas, y una cocina aparentemente sencilla que, en realidad, exige método y una mirada larga. Conservar como forma de respetar el producto y de asumir el ritmo que marca la montaña.
Esa misma conexión con el valle se hizo especialmente visible con Míriam Oliva (l’Aürt, Erill la Vall). Defendió el kilómetro cero como práctica cotidiana y no como etiqueta. Presentó un meloso de ternera con setas junto al ganadero Eric Vicent (Ca l’Alguaira), y el plato se entendió también como cadena de valor, como relación y como un vínculo que ayuda a sostener el entorno.

Cocinar también es gestionar territorio
El proyecto Ramats de Foc aportó una de las miradas más actuales del programa precisamente por su anclaje en lo esencial. De la mano de Pere Malagelada y Jaume Font, la ganadería extensiva apareció como una herramienta de gestión del paisaje. Sus elaboraciones, cordero en conserva y un nuevo paté, ambos comercializados por Pibernat, explican una idea simple y potente. Los rebaños que pastan en zonas con riesgo de incendio también protegen el territorio.
Axier Arbilla reforzó el hilo identitario con un recordatorio de peso histórico en alta montaña. Los lácteos, mantequilla y queso Cadí, como columna vertebral de un arroz de montaña y una fondue que conectaron tradición, técnica y territorio. Y en el lado más popular del recetario, los asistentes pudieron catar la escudella ganadora en el Fòrum Gastronòmic de Girona, elaborada por Josep Lluís y Ana María (Porte Estop). Un gesto que puso a GastroPirineus en su sitio, la gastronomía aquí no solo se mira, también se comparte.

Oriol Balaguer y la pastelería que construye paisaje
La pastelería entró en escena con Oriol Balaguer y lo hizo con intención narrativa. En la matinal del domingo presentó cuatro creaciones diseñadas específicamente para GastroPirineus, dos de ellas inéditas. La nieve se convirtió en azúcar impalpable. El relieve de la montaña apareció en volúmenes comestibles de chocolate, frutos secos y bizcochos modelados como rocas y crestas, con contrastes de textura que evocaban piedra y hielo.
El momento culminante llegó en la Cena de País, celebrada en l’Aürt. Balaguer descubrió una escultura de chocolate inspirada en las iglesias románicas de la Vall de Boí, coronadas por montañas nevadas salpicadas de esquiadores. Técnica al servicio del patrimonio y del imaginario local, una pieza que funcionó como símbolo de esta edición.

Segunda jornada con mirada larga, tradición bien entendida y proyección
La segunda jornada arrancó con Sergi de Meià, chef y ecologista, con una intervención que desplazó el foco hacia el sistema alimentario. A través de su fundación defendió un modelo más justo y consciente, arraigado al territorio y comprometido con la biodiversidad. Una cocina que empieza antes del plato, en el mar y en la tierra, en el producto y en el cultivo, en la recuperación de hábitos y variedades que formaron parte de la vida cotidiana.
Desde la Vall d’Aran, Marcos Pedarròs (Er Occitan, Bossòst) reivindicó la tradición occitana con el queso como eje. Mariano Gonzalvo (Lo Paller de Coc, Surp) puso sobre la mesa una idea que resume muchas cocinas de montaña cuando están bien ejecutadas. Lo sencillo es difícil, y cuando se hace bien sigue siendo una de las expresiones más honestas y potentes de la gastronomía.
La jornada se completó con Patrick Torrent, director ejecutivo de la Agència Catalana de Turisme, que presentó el proyecto Grand Tour de Catalunya conectando paisaje, patrimonio y gastronomía como estrategia de proyección del territorio.
Oriol Castro cierra en alto con técnica y un plato aún secreto
El broche final lo puso Oriol Castro (Disfrutar), con una sesión que se vivió como una clase magistral de pensamiento culinario contemporáneo. Presentó más de ocho elaboraciones que evidencian el nivel técnico del restaurante que colidera junto a Mateu Casañas y Eduard Xatruch. Arquitectura de plato, contrastes térmicos, estructuras crujientes de precisión milimétrica, gelificaciones controladas en frío y en caliente, fermentaciones calibradas y una coreografía técnica afinada junto a su ayudante David.
El momento más revelador llegó con un plato completamente inédito, aún en fase de desarrollo y todavía ausente de la carta. Una creación conceptual inspirada en la lana del rebaño que explora posibilidades visuales y táctiles y tensiona el límite entre materia prima, paisaje y técnica. En plena montaña, esa pieza adquirió una coherencia especial. No solo sorprendía, también dialogaba con el entorno.
GastroPirineus: Escaparate de cocina de alta montaña
GastroPirineus 2026 también se vivió fuera del escenario. La Cena de País reunió a varios cocineros participantes en una velada dedicada al producto y al paisaje. Y la Cena de las Naciones, organizada por Boí Taüll y el SCIJ y elaborada por el restaurante El Fai de Taüll y Farré d’Avall (Barruera), redondeó el carácter colectivo y celebrativo del certamen.
Con Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya (FGC) como patrocinador principal y un respaldo institucional amplio, el evento reforzó la proyección del Pirineo, de sus productores y de sus cocineros. Y dejó una imagen nítida. A 2.035 metros, con el invierno alrededor, la cocina volvió a demostrar que el Pirineo no es un paisaje de fondo, es origen e identidad y, cada vez más, también centro creativo.



