Rustam Nabiev ya está en el escenario donde se decidirá uno de los retos más extraordinarios de la primavera himaláyica. El montañero ruso, doble amputado de piernas y conocido internacionalmente tras convertirse en el primer montañero sin piernas en ascender un ochomil, ha llegado al campo base del Everest después de coronar el Mera Peak, de 6.476 metros, como parte de su aclimatación. La cumbre, alcanzada el 22 de abril, supone una pequeña victoria dentro de un objetivo mucho mayor. Ahora, como centenares de alpinistas, sherpas, guías y porteadores, espera a que la montaña permita avanzar con seguridad hacia los campamentos superiores.
La primavera de 2026 en el Everest no está siendo una temporada normal. Un gran serac inestable en la cascada de hielo del Khumbu ha retrasado el trabajo de los conocidos “doctores del hielo”, los sherpas especializados que cada año fijan la ruta con escaleras, cuerdas y anclajes entre el campo base y el campo 1. La situación ha dejado a buena parte de las expediciones detenidas, pendientes de una decisión técnica que no admite atajos. En ese paisaje de tiendas, banderas de oración, helicópteros y paciencia forzada se encuentra también Nabiev, acompañado por su equipo y con una ambición que vuelve a colocar su historia en el límite de lo posible.

El hombre que sube montañas con las manos
Rustam Nabiev no avanza con piernas ni con prótesis. Se desplaza con las manos, con los brazos, con el tronco y con una determinación que convierte cada tramo de nieve, hielo o roca en una secuencia lenta, técnica y agotadora. El montañero ruso no llegó al alpinismo desde una biografía convencional. En 2015 sobrevivió al derrumbe de un cuartel militar en Omsk, Siberia. Pasó horas bajo los escombros, fue rescatado con vida y perdió ambas piernas. A partir de ese momento tuvo que aprender de nuevo lo más elemental, desde sentarse hasta moverse, antes de construir una segunda vida vinculada al deporte, la exposición pública y la montaña.

Su historia empezó a trascender fuera de Rusia cuando decidió llevar su cuerpo a lugares que parecían incompatibles con su lesión. Primero llegaron cumbres simbólicas como el Elbrus, el Kilimanjaro o el Aconcagua. Después, en 2021, alcanzó el Manaslu, de 8.163 metros, y entró en la historia del alpinismo como el primer doble amputado de piernas en coronar un ochomil sin utilizar prótesis.
Turiski ya recogió entonces aquella ascensión, realizada junto a dos compañeros y cinco sherpas. Nabiev explicó que durante la expedición al Manaslu caminó sobre sus manos durante unas 50 horas, recorrió cerca de 35 kilómetros y dio más de 105.000 golpes con los piolets. No era solo una estadística extrema. Era la medida física de una forma de progresar casi imposible de imaginar desde fuera.
El Manaslu cambió su lugar en el alpinismo
La cima del Manaslu no convirtió a Rustam Nabiev en un alpinista mediático por compasión, sino por rendimiento. La montaña no rebaja sus reglas por la historia personal de quien la intenta. El frío, la pendiente, la altitud, el viento y la exposición son los mismos. La diferencia es que Nabiev necesita multiplicar el gasto energético para resolver movimientos que otros alpinistas ejecutan con pasos.
En el Manaslu, su ascenso desde el campo base se prolongó durante cinco días. El descenso le llevó otras 24 horas. Cuando regresó al campo base, reconoció que se derrumbó emocionalmente. Aquella imagen, la de un hombre que había resistido durante jornadas enteras hasta la cima de un ochomil y después lloró en la tienda, explicaba mejor que cualquier frase la dureza real de su proyecto.

Su presencia obliga a mirar el Everest de otra manera
El Everest ha sido escenario de grandes gestas, de tragedias, de récords discutidos y de expediciones cada vez más comerciales. En medio de ese universo saturado, la presencia de Rustam Nabiev introduce una narrativa distinta. No es la del récord vacío ni la del desafío construido solo para las redes sociales, aunque él sea también una figura muy seguida. Es la historia de un deportista que ha convertido su discapacidad en una manera radical de dialogar con la montaña.
Su caso obliga a mirar el alpinismo desde otra perspectiva. No se trata solo de llegar arriba. Se trata de cómo se llega, con qué coste físico, con qué apoyo y con qué nivel de exposición. Nabiev avanza con la fuerza de sus brazos, pero en los tramos más comprometidos, por seguridad, progresa unido mediante una cuerda a dos montañeros de su equipo, uno por delante y otro por detrás. Ese dispositivo no reduce la dificultad del reto, pero sí recuerda que en el Everest la ambición solo tiene sentido si va acompañada de prudencia, criterio técnico y capacidad de renunciar cuando la montaña lo exige.
El intento de Rustam Nabiev no debería leerse como una invitación a romantizar el sufrimiento. El Everest es una montaña extrema, y más aún para alguien que deberá resolver buena parte del ascenso con la fuerza de sus brazos. La épica no sustituye a la prudencia. Desde que hizo cima en el Manaslu, el Everest se convirtió en su gran objetivo. La montaña más alta del planeta representa ahora el paso más exigente de una trayectoria construida a base de resistencia, adaptación y una determinación fuera de lo común.



