El jazz, el lujo y la herida íntima de los años veinte tomaron el Teatre Victòria con El Gran Gatsby. El ballet llega a Barcelona —solo hasta el 31 de mayo— con la ambición de transformar la novela de F. Scott Fitzgerald en una fiesta escénica de alto voltaje. Dirigida por el coreógrafo catalán Enric Gasa Valga, la función transforma el coliseo del Paral·lel en una elegante y frenética cápsula de época, capaz de seducir desde el primer compás a los 1.200 espectadores que llenaron el teatro propiedad de El Mago Pop en su estreno del pasado miércoles.
Inspirado en la célebre novela homónima de F. Scott Fitzgerald, este Gran Gatsby no se limita a ilustrar el universo del escritor norteamericano, sino que lo traduce al lenguaje físico de la danza, la música en directo y la imagen escénica. Gasa Valga convierte la decadencia, el lujo y la fiebre emocional de aquella sociedad en un arte escénico poderoso, sostenido por 27 intérpretes que mantienen la tensión durante 105 minutos repartidos en dos actos, con un merecido descanso de 20 minutos incluido.

La danza como exceso
La producción vive de la energía de sus bailarines, entregados a una coreografía de alto voltaje, donde el virtuosismo no aparece como simple exhibición, sino como parte del vértigo que exige la historia. El movimiento, siempre expansivo, transmite esa sensación de fiesta permanente que esconde una melancolía de fondo. Bajo el brillo de los cuerpos y la precisión de las escenas late también el vacío de una época construida sobre la apariencia.
A la solvencia del elenco se suma la prodigiosa voz de la solista y la presencia de seis músicos en directo, un valor añadido que eleva varios pasajes de la función. El resultado alcanza momentos de auténtica intensidad, de esos que justifican por sí solos una entrada, con una capacidad poco frecuente para poner la piel de gallina al público sin caer en el subrayado fácil.

Un Gatsby sin traducción
El espectáculo se desarrolla en inglés, una decisión acertada porque conserva la atmósfera original de la historia y evita domesticar en exceso el mundo de Gatsby. Traducirlo al castellano habría restado parte de su perfume neoyorquino, esa mezcla de sofisticación, exceso y fatalidad que atraviesa el relato de Fitzgerald. También hay espacio para un guiño al idioma de Molière con “Ne me quitte pas”, una elección que introduce una pausa emocional dentro del torbellino escénico.
El cierre, a ritmo de “Bohemian Rhapsody”, funciona como broche de oro para una función que busca emocionar desde el impacto visual y musical. Puede discutirse si todo el despliegue mantiene siempre la misma profundidad dramática, pero no su capacidad de seducción. El Gran Gatsby llega al Teatre Victòria con vocación de gran espectáculo y logra algo esencial en tiempos de tanta oferta cultural: que el público salga con la sensación de haber asistido a una verdadera fiesta escénica.



