Alex Honnold completó una escalada histórica al rascacielos Taipei 101 de 508 metros en modalidad free solo, sin cuerda ni arnés, después de que el reto se aplazara 24 horas por las lluvias intensas sobre Taipéi. La emisión mundial en directo de Netflix incorporó además un retraso de 10 segundos, una medida pensada para que, en el peor escenario posible, una caída al vacío no se viera en televisión.
La escena mezcló deporte extremo y gran producción televisiva. Honnold, con su habitual sobriedad, cambió el silencio de la roca por el anfiteatro urbano, miles de miradas abajo y una fachada de vidrio y acero que no perdona errores, menos aún con viento en altura.
Un rascacielos convertido en vía vertical
El Taipei 101 se eleva 508 metros y su silueta escalonada se organiza en grandes módulos que, en clave de escalada, funcionan como una sucesión de secciones con ritmo repetitivo y descanso relativo. Honnold tardó alrededor de 90 minutos en completar el ascenso, resolviendo los tramos más delicados en la zona central de las conocidas “bamboo boxes”, donde la continuidad y la fatiga acumulada marcan la diferencia.
Arriba, ya en la parte final, la exposición se multiplica. El margen de error se reduce a cero y cualquier desequilibrio pesa más cuando la estructura afila hacia la aguja. Tras alcanzar la cima, Honnold celebró el momento con la naturalidad del que sabe que lo difícil, en su disciplina, es mantener la cabeza exactamente donde toca. Y lo más bestia… se hizo un selfie.

El directo como parte del riesgo
La decisión de emitirlo en vivo convirtió la ascensión en un evento global y también en un debate incómodo. Netflix y la organización aplicaron el delay de 10 segundos y desplegaron un dispositivo de apoyo y rescate, consciente de que el directo añade una capa de presión y de responsabilidad colectiva sobre un gesto que, por definición, es individual y sin red.
El aplazamiento por lluvia fue el primer recordatorio de que, incluso en un rascacielos “domesticado”, manda la meteorología. La producción necesitaba cielo limpio y fricción fiable. Honnold, por su parte, necesitaba lo de siempre, condiciones estables para moverse con precisión milimétrica.
El límite entre deporte y espectáculo
Su hazaña, deportiva y al filo de la muerte, deja una estela incómoda. Para muchos escaladores puristas, el Taipei 101 no fue tanto una ascensión como un espectáculo coreografiado por la industria del entretenimiento, con el riesgo real convertido en parte del relato y el directo como amplificador. Y, sin embargo, la pregunta no pierde fuerza. ¿Dónde está el límite cuando el rendimiento extremo se mezcla con audiencias millonarias, presión mediática y la necesidad constante de ir un paso más allá. En la roca, el free solo siempre ha sido una conversación íntima entre el cuerpo y el vacío.
En un rascacielo, con cámaras, seguridad de producción y un retraso de emisión pensado para proteger al espectador, esa conversación cambia de naturaleza. Quizá el límite no esté solo en la altura o en la dificultad, sino en qué estamos dispuestos a normalizar cuando el riesgo deja de ser un precio personal y pasa a ser, también, contenido.



