Kristin Harila vuelve al Himalaya para medirse una vez más con el Everest, pero esta vez el objetivo tiene un significado distinto. La alpinista noruega quiere completar esta primavera la llamada Triple Corona del Everest, una exigente travesía de altura que enlaza la cumbre del Everest con el Lhotse y, después, con el Nuptse en un mismo empuje, antes de iniciar el descenso. Y quiere hacerlo, además, sin oxígeno suplementario, un detalle que multiplica la dimensión del desafío.
No se trata de sumar tres montañas por separado, sino de afrontar un encadenamiento de altísima exigencia en el corazón del Himalaya. La dureza del reto no reside solo en la altitud extrema, sino también en la continuidad del esfuerzo, la exposición y la complejidad técnica de una travesía reservada a muy pocos alpinistas. Solo cuatro personas en la historia han logrado esta Triple Corona y ninguna mujer lo ha conseguido.

Ahí aparece, además, el papel decisivo del Nuptse, la pieza que da al desafío su carácter más técnico y alpino. Según la Himalayan Database, solo 48 alpinistas habían alcanzado su cumbre verdadera y únicamente dos mujeres lo habían logrado, una cifra que ilustra la magnitud del intento. Harila no regresa al Everest solo para buscar otra cima. Regresa para afrontar una travesía extrema, cargada de simbolismo, riesgo y posible valor histórico.
Lobuche, primer termómetro de la aclimatación
La expedición ya está en marcha. Harila se encuentra en la región del Khumbu y el pasado sábado 18 de abril alcanzó la cima del Lobuche, de 6.119 metros, en compañia del sherpa Angsonam Bhechyaba como parte de su proceso de aclimatación. Lo contó ella misma en un mensaje publicado en sus redes sociales, donde describió una ascensión nocturna desde el campamento de altura, con salida a la una de la madrugada y llegada a la cima a las 03.50. Lo presentó como “un comienzo perfecto para la aclimatación” y aseguró que su cuerpo está respondiendo bien a la altitud.

Sus palabras ayudan a entender el tono con el que está viviendo esta preparación. Harila recordó que “la primera vez que subí el Lobuche, en 2019, mi primer seismil, lo recuerdo como una ascensión dura”. Esta vez, en cambio, alcanzó la cima en menos de tres horas, una diferencia que ella misma relacionó con su evolución en altura y con una preparación mucho más afinada. “Parte de ello se debe a que ahora tolero mejor la altitud, pero también estoy mejor preparada físicamente y soy capaz de moverme con más eficiencia en la montaña”, explicó.
La noruega también vinculó esa mejora a un proceso largo, construido con paciencia y experiencia acumulada en el Himalaya. “Con la experiencia llega una mejor comprensión de lo rápido que realmente puedo moverme cada vez más arriba, en un aire más fino, y eso marca una gran diferencia”, señaló. Y remató esa idea con una reflexión que resume bien su momento actual. “Para mí, eso se reduce sobre todo a años de experiencia y continuidad, pasar tiempo en altitud, volver temporada tras temporada y, poco a poco, construir un cuerpo que se adapta y se recupera mejor con el tiempo”.
Después de la ascensión al Lobuche la noruega transmitió optimismo, aunque sin grandilocuencia, al vincular este buen arranque con el reto que tiene por delante. “Todo eso, junto con las buenas sensaciones que me están dejando la aclimatación y el estado físico general, me ilusiona mucho y me hace confiar en cómo responderá mi cuerpo a una altitud aún mayor en el Everest, el Lhotse y el Nuptse”, aseguró.
Tras el ascenso, Kristin Harila ya está de vuelta en el Campo Base del Everest, a la espera de que los Icefall Doctors abran y aseguren la ruta a través de la cascada de hielo del Khumbu hacia el Campamento 2. Hasta entonces, su prioridad pasa por mantenerse sana, consolidar la aclimatación y seguir preparando el cuerpo para el desafío mayor que le aguarda en el Everest, el Lhotse y el Nuptse.
La montaña después del récord
Harila afronta esta expedición con el peso de una trayectoria extraordinaria, pero también con la huella emocional que le han dejado los últimos años. En julio de 2023 firmó junto a Tenjen Lama Sherpa el récord mundial de velocidad en los 14 ochomiles al compelar el ciclo en 92 días , una marca reconocida por Guinness World Records. Aquella hazaña la proyectó como una de las figuras más visibles del himalayismo contemporáneo, admirada por su capacidad física y por la complejidad logística del reto, aunque también cuestionada por quienes veían en su estilo la expresión más extrema de la velocidad en las montañas más altas del planeta y criticaban además el uso de oxígeno suplementario en parte de aquella carrera por los 14 ochomiles.
Pero aquella notoriedad quedó pronto atravesada por la tragedia. Meses después del récord, Tenjen Lama Sherpa murió en el Shisha Pangma, donde desapareció tras una avalancha mientras escalaba junto a la estadounidense Gina Marie Rzucidlo. La noticia golpeó profundamente a Harila, no solo por todo lo que ambos habían compartido durante la carrera por los 14 ochomiles, sino también por el vínculo personal y humano que se había consolidado entre los dos. La muerte de Lama alteró su manera de mirar la montaña y la empujó a pensar de otro modo sobre la vida, el tiempo y el sentido de seguir encadenando expediciones largas año tras año.
Tras aquella pérdida, Harila impulsó la fundación Tenjen Lama Sherpa y, al mismo tiempo, asumió un compromiso directo con su familia al ayudar económicamente a sus hijos. Ese gesto explica hasta qué punto la desaparición de su compañero no fue para ella solo una tragedia en la montaña, sino una herida personal que sigue muy presente en su vida y también en su manera de afrontar este regreso al Everest.



