Primer salto BASE desde el Fitz Roy en la Patagonía

Primer salto BASE desde la cumbre del Fitz Roy, una hazaña técnica con debate abierto

Reportaje

Patagonia, el otro descenso

Boris Egorov, Vladimir Murzaev y Konstantin Jäämurd escalan la Royal Flush y vuelan en salto BASE desde la cima del Cerro Chaltén, aunque la maniobra no está permitida en el Parque Nacional Los Glaciares

Firts Roy
La cumbre del Fitz Roy, punto de partida del primer salto BASE documentado desde el Cerro Chaltén, en el macizo del Parque Nacional Los Glaciares. (Copyright /Boris Egorov)

Boris Egorov, Vladimir Murzaev y Konstantin Jäämurd firmaron una acción que reabre un viejo debate en el macizo del Chaltén. El 7 de enero de 2026, tras tres días de escalada por la ruta Royal Flush (950m, 40’ 7б А0 М) en la cara este del Fitz Roy, alcanzaron la cumbre y saltaron en BASE desde lo más alto del Cerro Chaltén. No consta ningún otro salto BASE documentado desde esta cima y, además, se trata de una actividad no permitida dentro del Parque Nacional Los Glaciares.

El instante en que una cumbre se convierte en salida

Hay cumbres que se celebran con una foto y un rápel largo, y hay cumbres que cambian de significado en cuanto alguien les encuentra una salida directa hacia el valle. En el Fitz Roy, una aguja de granito que resume como pocas el carácter de la Patagonia, la palabra clave no es solo cima. También es exít, la salida limpia y comprometida que exige el salto BASE. Esa fue la apuesta del trío, guías de montaña y de vuelo vinculados al colectivo Dirty Climbers, que eligieron un momento de condiciones favorables para convertir la cima en punto de partida.

Boris Egorov, Vladimir Murzaev y Konstantin Jäämurd, tras completar la Royal Flush en el Fitz Roy antes de su salto BASE desde la cumbre. (Copyright /Boris Egorov)

Según relataron en sus canales y en comunicados asociados a su actividad profesional, el plan combinaba tres elementos que raramente conviven sin fricción en el Chaltén. Una escalada de pared de varios días, el porte del material de salto y la espera de una ventana meteorológica lo bastante estable como para que la montaña dejara hacer.

Royal Flusch, tres días en una línea con historia

La elección de Royal Flush no es casual. En el centro de la cara este del Fitz Roy, esta ruta traza una línea estética y directa, con largos sostenidos y una logística que castiga cada error de cálculo. Se describe con 950 metros y dificultad 7b A0 M, y con un itinerario que durante 28 largos recorre un sistema de fisuras continuas antes de enlazar con El Corazón en la parte alta, hasta sumar alrededor de 1.250 metros totales en el conjunto de la cara. El propio terreno explica por qué la actividad se extendió durante tres días. En esa pared, el tiempo no se mide solo por metros, también por humedad, viento y disponibilidad real de repisas para vivaquear.

Royal Flush también arrastra un relato de apertura y evolución que define el alpinismo patagónico de las últimas décadas. Una cordada alemana abrió la línea en 1995 hasta enlazar con El Corazón, y en 1998 otra cordada completó el trazado hasta la cumbre. Desde entonces, la ruta se ha convertido en un termómetro, tanto por su exigencia como por el modo en que cada repetición dialoga con estilos, ética y condiciones del momento.

Cumbre Fitz Roy
La cumbre del Fitz Roy se convirtió en punto de salida de un salto BASE tras tres días de escalada por la Royal Flush. (Copyright /Boris Egorov)

Cuando el descenso es parte del ascenso

En el alpinismo clásico, el descenso suele ser la segunda mitad de la historia, una salida obligada que se resuelve por la vía más razonable. En el alpinismo con salto, el descenso es el objetivo narrativo. Cambia la manera de cargar, de gestionar el cansancio y de interpretar el margen de seguridad. En una pared como la este del Fitz Roy, eso se traduce en decisiones concretas, dónde vivaquear, cuánto material redundante asumir, qué ritmo de progresión es compatible con llegar lúcido a la cima, y cuánto tiempo se puede esperar arriba sin que la meteorología, el frío o la fatiga conviertan el salto en una lotería.

Egorov lo resumió con una frase que retrata esa mezcla de control y azar que define la Patagonia. “Una pared enorme, un ascenso de varios días y una nueva e impresionante salida. Una organización perfecta. Tuvimos verdadera suerte… ganada a través de la experiencia de toda una vida”. Esa idea, la de la suerte trabajada, es casi un manifiesto en el Chaltén, donde la montaña no concede sin peaje.

No es un salto cualquiera, y tampoco es el primero en el macizo

Conviene separar dos afirmaciones que a menudo se mezclan. Una cosa es el primer salto BASE documentado desde la cumbre del Fitz Roy. Otra, muy distinta, es la historia de vuelos y saltos en el macizo. En Patagonia se ha volado desde hace décadas, y existe una cronología que va desde el parapente pionero de 1988 hasta los “climb and fly” más recientes, con nombres vinculados a vuelos desde cumbres tras ascensos completos.

Ascenso por la cara este del Fitz Roy durante la escalada de la Royal Flush, una línea de pared para varios días en pleno macizo del Chaltén. (Copyright /Boris Egorov)

El salto BASE, en cambio, ha sido menos frecuente y peor documentado, pero existe. Hay referencias a planes frustrados, a saltos realizados desde puntos concretos del entorno del Cerro Torre y a repeticiones posteriores. Es decir, los protagonistas del Fitz Roy no llegan como recién llegados a la lógica del exít patagónico. Llegan con historial, experiencia en el terreno y conocimiento acumulado de la zona.

La línea roja, volar donse no se puede volar

El punto más delicado del episodio no está en la técnica, sino en el marco. Tanto el parapente como el salto BASE están considerados actividades prohibidas dentro del Parque Nacional Los Glaciares. No por una lista interminable de artículos específicos, sino por un principio de gestión que la propia comunidad conoce bien, que viene a establecer que lo no permitido expresamente se considera prohibido, y que en áreas protegidas la carga de la prueba recae en las actividades humanas y no al revés.

Ese principio choca con una percepción extendida en parte del colectivo del vuelo, que argumenta impacto ambiental mínimo en condiciones controladas y defiende un marco de regulación en lugar de la prohibición de facto. En esa tensión se mueve el episodio del Fitz Roy, donde el salto se interpreta como una demostración de capacidad técnica y, al mismo tiempo, como un acto que desafía el marco normativo.

En otras palabras, el Fitz Roy vuelve a situar el debate donde siempre ha estado en Patagonia. No tanto en si se puede, porque técnicamente se ha visto que se puede, sino en si se debe permitir y bajo qué condiciones, con qué controles, con qué responsabilidades y con qué consecuencias cuando algo sale mal y el rescate deja de ser un asunto privado para convertirse en un problema público.

Un vuelo que pide infografía

Si esta historia se contara también con apoyo visual, habría dos piezas especialmente útiles. Un mapa de la cara este con el trazado de Royal Flush y su enlace superior, y una cronología breve del vuelo en el macizo, desde finales de los ochenta hasta los saltos BASE documentados en Torre y alrededores. La montaña se entiende mejor cuando el lector ve cómo conviven, en el mismo paisaje, rutas de escalada, corredores de viento y las limitaciones de un parque nacional.

Epílogo, el precedente que queda

La pregunta que deja el primer salto BASE documentado desde la cima del Fitz Roy no es solo quién lo hizo primero. Es qué precedentes abre y qué respuesta activa. En un lugar donde el mito se ha construido a base de intentos fallidos, esperas interminables y victorias que llegan por minutos, cada gesto añade capas. Este añade una capa nueva, porque convierte la cima en salida, y porque lo hace en un espacio donde la norma dice no.

La Patagonia seguirá siendo un laboratorio de estilo, de ética y de límites. Lo que ocurra a partir de aquí dependerá menos de la audacia de los próximos y más de si el debate se queda en el rumor o se traduce en reglas claras. Por ahora, lo único indiscutible es que el Fitz Roy, una vez más, ha obligado a todos a mirarlo con otros ojos.

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