La Red de Pueblos Gastronómicos de España eligió Barcelona para escenificar su presentación ante el sector turístico y gastronómico catalán, aunque el proyecto ya había echado a andar meses atrás. Nació en abril de 2025 con ocho municipios y, en su fase actual, reúne a doce destinos entre municipios y una comarca, con la voluntad de convertir la cocina local en una puerta de entrada al territorio, al patrimonio y a la identidad de cada lugar.
La iniciativa, sin ánimo de lucro, quiere situar en el mapa una España menos obvia y más pegada al producto, a las recetas heredadas y a la experiencia del viaje pausado. No mira la gastronomía solo como un reclamo culinario, sino como una forma de interpretar el paisaje, entender las tradiciones y acercarse a pueblos que han encontrado en su despensa una manera de explicarse.

La red integra actualmente a Alcázar de San Juan, Alhaurín el Grande, Almendralejo, Aracena, Baena, Cangas del Narcea, El Espinar, Llerena, Mora de Rubielos, Riaza, San Cristóbal de La Laguna, Sigüenza y la Sierra Oeste de Madrid. Todos ellos han superado una auditoría previa que evalúa su potencial turístico y gastronómico, uno de los requisitos para formar parte de un club que aspira a crecer sin perder el sello de la exigencia.
Más allá de la foto de presentación, el proyecto intenta ordenar una oferta dispersa y convertirla en relato. La idea es vertebrar el territorio a través de las llamadas GastroRutas, itinerarios que enlazan destinos próximos o complementarios para que el viajero no solo vaya a comer, sino también a detenerse, pasear, descubrir mercados, fiestas, productos y pequeños establecimientos donde la cocina sigue teniendo una fuerte raíz local.
Mapa con muchas regiones en la mesa
De momento ya se han trazado tres rutas. La primera enlaza Almendralejo, Llerena y Aracena. La segunda conecta Alhaurín el Grande, Baena y Alcázar de San Juan. La tercera une Mora de Rubielos, Sigüenza y Riaza. Son recorridos que mezclan acentos, paisajes y despensas distintas, pero que comparten una misma idea de fondo, viajar a través del sabor.
La plataforma digital de la red, junto con los personajes Fogón y Candela, actúa como escaparate de esa agenda viva. Allí se irán incorporando los llamados GastroEventos, citas vinculadas a los municipios adheridos y también a comarcas, provincias o comunidades autónomas. El objetivo es ofrecer al viajero una guía práctica, pero también emocional, de celebraciones, productos y tradiciones que mantienen viva la cocina popular española.
En el fondo, la propuesta busca algo que muchas veces se echa de menos en el turismo rural contemporáneo. Que la gastronomía no aparezca desligada del contexto. Aquí no se trata solo de sentarse a la mesa, sino de entender por qué en cada territorio se cocina como se cocina, qué productos sostienen esa identidad y cómo la cocina forma parte del paisaje cultural.
Un mapa con muchas regiones en la mesa

Alcázar de San Juan, la Mancha en estado puro
Alcázar de San Juan aparece en la red como una de las puertas reconocibles de la cocina manchega. Su recetario habla del campo y del pastoreo, de una despensa forjada en la llanura y en la vida agrícola. Migas, duelos y quebrantos, pisto, caldereta de cordero o queso manchego componen una mesa de sabores rotundos, sin artificio, donde también hay espacio para la repostería tradicional, como las tortas de Santa Clara. Más que una cocina para contemplar, la de Alcázar se entiende como una cocina que se comparte y se vive.

Alhaurín el Grande, sabor de huerta y memoria popular
Alhaurín el Grande mira a la huerta y a su tradición agrícola para construir una identidad culinaria muy reconocible. El pan cateto, las sopas cachorreñas, los mojetes o los embutidos artesanales remiten a una cocina popular, ligada al aprovechamiento y al sabor de siempre. A esa base salada se suma una repostería con ecos moriscos, donde destacan propuestas como el pan de higo o las polcas. Miel, vino y producto local completan una oferta que mantiene un fuerte vínculo con el paisaje del interior malagueño.

Almendralejo, tierra de vinos y cocina extremeña
Almendralejo encuentra en el vino uno de sus principales argumentos, pero no el único. Capital de la D.O. Ribera del Guadiana, ha hecho de sus vinos y cavas una carta de presentación potente, bien acompañada por una cocina de raíz extremeña donde las migas de pan candeal, la sopa de tomate con uvas o el cochinillo al estilo de la tierra siguen marcando el paso. La gastronomía aquí no se entiende sin la viña, pero tampoco sin esa cultura de la mesa que combina sencillez, producto y memoria.

(Copyright/RPGE)
Aracena, mucho más que el ibérico
Aracena proyecta de inmediato la imagen del ibérico, y con razón. El jamón D.O.P. Jabugo es su gran emblema, pero el perfil gastronómico del municipio va bastante más allá del corte de cuchillo. La sierra se expresa también en embutidos, quesos, setas, castañas, carnes melosas y guisos de largo recorrido, con una cocina que sabe mezclar contundencia y delicadeza. Incluso en el apartado dulce, con pestiños, rosquillas o poleá, persiste esa sensación de territorio con identidad propia.

Baena, el aceite como hilo conductor
Baena tiene en el aceite de oliva virgen extra con D.O. Baena uno de sus grandes signos de identidad. A partir de ese hilo conductor se despliega una cocina tradicional, sabrosa y bien anclada en el recetario andaluz de interior. El salmorejo con berenjenas, el revoltillo baenense o el empedraillo resumen bien esa mezcla de sencillez y profundidad. Junto a ellos aparecen los vinos locales y una repostería donde todavía asoma la herencia árabe, dando forma a una cocina con acento propio y larga memoria.

(Copyright/RPGE)
Cangas del Narcea, cocina de montaña y hospitalidad
Cangas del Narcea remite a una cocina de montaña, robusta y hospitalaria, nacida para responder al clima, a la geografía y a la vida de una comarca con fuerte personalidad. El caldo de berzas, la ternera autóctona, el queso de Xinestosu, las empanadas o los vinos de Cangas trazan un paisaje gastronómico en el que pesa tanto el producto como la forma de elaborarlo. Hay aquí aromas de pan recién hecho, de cocina de casa y de técnicas artesanales que siguen formando parte del relato cotidiano.

(Copyright/RPGE)
El Espinar, entre el horno y la sierra
El Espinar combina tradición castellana, entorno serrano y una cocina de base popular donde el horno y el monte se entienden bien. Los asados de cochinillo y cordero tienen un peso evidente, pero también aparecen productos como la trucha o el protagonismo de la micología, tan unido al territorio de la Sierra de Guadarrama. A ello se suma una repostería reconocible, de sabor casero, con nombres propios como los bollos del Cristo o la leche frita. Es una cocina que conserva el poso de la celebración y del calendario.

Llerena, patrimonio y despensa extremeña
Llerena une patrimonio monumental y despensa extremeña en una combinación que le da singularidad. Su cocina, de raíces humildes, se mueve entre ollas de garbanzos, calderetas y tradiciones ligadas a la matanza, mientras los dulces conventuales siguen aportando un registro propio y delicado. El Corazón de Santa Clara o el chocolate Moro muestran esa convivencia entre tradición e innovación discreta. En Llerena, la gastronomía encuentra además un escenario natural en sus plazas, patios y edificios históricos, donde la experiencia gana profundidad.

(Copyright/RPGE)
Mora de Rubielos, el valor de la cocina sobria
Mora de Rubielos ofrece una cocina sobria, montañesa y muy ligada al ritmo de la despensa local. Las migas con tropezones, el empedrao, el ternasco asado, los embutidos artesanos o el Jamón de Teruel hablan de una tradición culinaria donde lo humilde ha sabido conservar prestigio. El aceite, la trufa negra y los guisos cocinados sin prisa completan una propuesta que encaja con el carácter del lugar. Aquí, la gastronomía no busca deslumbrar de entrada, sino quedarse en la memoria desde la autenticidad.

(Copyright/RPGE)
Riaza, asados, brasas y calendario
Riaza se apoya en una de las grandes señas de identidad de la cocina castellana, el asado de cordero lechal, pero su propuesta va bastante más allá. Carnes a la brasa, productos de matanza, setas y platos ligados al calendario festivo forman parte de una cocina donde la estacionalidad sigue teniendo peso. También la repostería artesanal, con amarguillos y tortas sobadas, ayuda a definir el carácter gastronómico del municipio. Todo ello configura una mesa de sabor franco, reconocible y muy vinculada al territorio segoviano.

San Cristóbal de La Laguna, Canarias contada desde la mesa
San Cristóbal de La Laguna aporta a la red el perfil singular de la cocina canaria en un entorno urbano cargado de historia. El gofio, las papas arrugadas con mojo, el conejo en salmorejo o el puchero canario son algunos de los platos que explican una tradición construida desde ingredientes humildes y soluciones ingeniosas. A ello se suman los pescados de la costa, los quesos locales, los vinos de Tacoronte-Acentejo y una repostería que conecta con la memoria doméstica. La Laguna no solo ofrece patrimonio monumental, también una manera muy reconocible de contar Canarias desde la mesa.

Sierra Oeste de Madrid, la otra despensa madrileña
La Sierra Oeste de Madrid entra en la red con una despensa que rompe la imagen más tópica de la gastronomía madrileña. El garbanzo, base de su cocido más emblemático, convive con carnes de calidad, castañas, miel de monte, quesos artesanos y vinos de garnacha y albillo real que han ido ganando visibilidad en los últimos años. Es una comarca que reivindica su dimensión agrícola y rural, una especie de huerta amplia y diversa que recuerda que Madrid también se puede leer a través de sus pueblos y de su cocina.

Sigüenza, piedra, historia y cocina castellana
Sigüenza cierra este recorrido con una combinación de historia, piedra y cocina tradicional castellana que encaja de forma natural en la filosofía de la red. Sus migas con torreznos, los platos de caza, la perdiz escabechada, los judiones o los productos de la huerta trazan una oferta culinaria coherente con el poso medieval de sus calles. En el apartado dulce, las Yemas del Doncel siguen actuando como uno de sus signos más reconocibles. Sigüenza no solo se visita por su patrimonio, también por una cocina que prolonga esa misma sensación de pasado bien conservado.
La Red de Pueblos Gastronómicos de España está todavía en fase de construcción, pero su planteamiento resulta claro. Más que una suma de destinos, quiere ser una red de relatos comestibles, una invitación a recorrer el país a través de sus cocinas locales y de esos lugares donde el producto no es una moda, sino una forma de pertenencia.



