El Everest volvió a mostrar el 20 de mayo su cara más concurrida, y también una de las más incómodas, la de una montaña sometida a la presión de cientos de alpinistas concentrados en una misma ventana de buen tiempo. Un total de 274 personas alcanzaron la cima por la vertiente nepalí en una sola jornada, la cifra más alta registrada hasta ahora desde ese lado de la montaña. Entre esa larga procesión de alpinistas, guías y sherpas hubo una historia que se separó del ruido de la temporada alta. El ruso Rustam Nabiev, doble amputado de piernas, anunció que había alcanzado los 8.849 metros del Everest usando solo la fuerza de sus brazos.

La noticia fue comunicada por el propio Nabiev a través de sus redes sociales. El montañero doble amputado llegó a la cima el 20 de mayo a las 8.16 horas de Nepal. Y en la cima desplegó un cartel que decia. “Para quienes pensaban que después de una caída la vida terminaba. La frase no necesita demasiada épica añadida. Nabiev, que no utiliza prótesis para ascender, avanza con los brazos, el tronco y dos piolets, en una progresión lenta, física y mentalmente extrema. En el Everest, esa forma de desplazarse multiplica cada dificultad. La altitud, el frío, las pendientes heladas, las cuerdas fijas, los tramos expuestos y la falta de oxígeno convierten cada metro en una exigencia descomunal.
Una cima con mensaje
Nabiev quiso convertir su ascenso en algo más que una marca deportiva. “Dedico este ascenso a todos los que me ven ahora. Con este acto, simplemente quiero decir una cosa: mientras les quede vida, luchen. Luchen hasta el final, por favor. Vale la pena”, escribió tras anunciar la cima.
El mensaje encaja con la trayectoria de un deportista que ha construido su historia pública alrededor de la superación, pero también del sufrimiento real. Nabiev perdió las dos piernas desde la cintura en 2015 tras el derrumbe de un cuartel militar en Omsk, Siberia. Desde entonces ha trasladado su vida hacia el deporte, la montaña y los retos de resistencia extrema.
En octubre de 2021, ascendió el Manaslu, de 8.163 metros, y se convirtió en el primer alpinista sin piernas en coronar un ochomil sin utilizar prótesis. Aquella cima abrió un camino que ahora ha llevado hasta el Everest, la montaña más alta del planeta.
Del Manaslu al Everest
El Everest no era una ocurrencia improvisada. Nabiev llegó esta primavera al Himalaya con un objetivo claro y con una aclimatación previa importante. En abril ascendió el Mera Peak, de 6.476 metros, como parte de la preparación antes de instalarse en el campo base del Everest.
Su expedición se ha desarrollado en una temporada especialmente complicada. La primavera de 2026 estuvo marcada por el retraso en la apertura de la ruta debido al riesgo asociado a un gran serac en la cascada de hielo del Khumbu. Ese bloqueo inicial concentró a muchas expediciones en una ventana de buen tiempo muy reducida, lo que acabó desembocando en una jornada de cimas masiva.
Nepal ha expedido esta primavera 494 permisos para ascender el Everest, a razón de 15.000 dólares por persona. Solo esa partida supone 7,41 millones de dólares, una cifra que ayuda a entender el enorme negocio que rodea cada temporada a la montaña, sin contar la logística, las agencias nepalíes, los servicios de altura, los sherpas, el alojamiento, los vuelos internos y todo el engranaje económico que mueve el Everest.
El Everest de las colas y las historias imposibles
La cima de Nabiev llega en pleno debate sobre la masificación del Everest. Es un debate recurrente, casi inevitable cada primavera, que muestra la realidad de lo que se ha convertido el techo del mundo. El Everest es hoy una industria de altura para Nepal, nos guste o no. Cada temporada, centenares de personas intentan alcanzar la cumbre en ventanas meteorológicas muy estrechas, la mayoría con oxígeno suplementario, cuerdas fijas y apoyo de sherpas de altura. La imagen de las colas en la arista final se ha convertido en uno de los símbolos más incómodos del alpinismo contemporáneo.
Pero dentro de ese Everest saturado siguen apareciendo historias difíciles de encajar en una lectura simple. La de Nabiev no puede colocarse sin más en el mismo saco de la masificación. Su ascenso no borra el debate sobre el modelo comercial de la montaña, ni sobre los riesgos que asumen guías, sherpas y clientes en cada temporada. Su reto incorpora otra lectura, la del esfuerzo extremo, la lucha personal y la voluntad de avanzar cuando el cuerpo parece haber marcado todos los límites.



