Trio Pyrénées se pone poco a poco en modo verano. El grupo que reúne las estaciones de Porté-Puymorens, Formiguères y Cambre d’Aze aprovecha el periodo estival y las vacaciones para abrir dos de sus tres centros a nuevas experiencias de montaña, con propuestas de bicicleta, senderismo y actividades al aire libre.
Nosotros nos acercamos a sus dos bikeparks, todavía poco conocidos incluso entre los aficionados del Pirineo francés. En Cambre d’Aze pudimos equiparnos, subir en telesilla y probar sus descensos. En Formiguères, una tormenta de verano con abundante aparato eléctrico detuvo la telecabina justo cuando nos disponíamos a remontar. Dos visitas con desenlaces muy distintos que nos permitieron descubrir una propuesta estival todavía modesta, pero con personalidad y margen para crecer.

Antes de entrar en los circuitos conviene hacer dos advertencias prácticas. La primera afecta al acceso, ya que la señalización por carretera no siempre resulta suficientemente clara. Aunque Cambre d’Aze se extiende entre Eyne y Saint-Pierre-dels-Forcats, para utilizar el bikepark y subir en el telesilla El Mouli hay que dirigirse al sector de Saint-Pierre-dels-Forcats. En Formiguères, el punto de referencia es Calmazeille, donde se encuentra la telecabina que transporta las bicicletas.
La segunda recomendación está relacionada con el alquiler. Los dos espacios disponen de pocas unidades, por lo que conviene confirmar previamente la disponibilidad por teléfono o correo electrónico. La flota es limitada, pero el material está a la altura, con bicicletas Mondraker recientes de gama media-alta, casco integral y protecciones. La tarifa parte de 45 euros.
Cambre d’Aze, ponerse las protecciones y dejar correr la bicicleta
Nada más llegar al sector de Saint-Pierre-dels-Forcats comprendimos que Cambre d’Aze no pretende parecerse a uno de esos grandes bikeparks repletos de estructuras, pasarelas y saltos construidos a golpe de excavadora. Aquí todo resulta más sencillo. Un aparcamiento, las taquillas, el telesilla y una montaña cubierta de bosque, con senderos que se esconden entre pinos, raíces y claros naturales.

El taller de alquiler y reparación se ha trasladado este verano al restaurante Le Slalom, situado a unos cincuenta metros de las taquillas. Allí recogimos las bicicletas y todo el equipo. Para quien firma esta crónica era, además, una pequeña primera vez. Tocaba enfundarse el casco integral, ajustar las protecciones y descubrir qué se siente al contemplar la montaña desde detrás de unas gafas de descenso.
La indumentaria puede imponer cierto respeto, pero esa sensación desaparece en cuanto colocamos la bicicleta en el telesilla El Mouli. El remonte salva cómodamente el desnivel en unos diez minutos y nos deposita en la parte alta del dominio. Allí encontramos varios mapas y una señalización mucho más clara que la que habíamos echado de menos al llegar por carretera.
Trazado disfrutón
Nuestra primera elección fue la Tommie Typpie, el circuito verde de iniciación. Su nombre desenfadado encaja con una bajada construida mediante curvas amplias, pequeños cambios de rasante y peraltes que ayudan a colocar la bicicleta sin exigir una técnica avanzada. No intimida, pero tampoco aburre. Permite soltar progresivamente los frenos, comprender cómo se mueve una bicicleta de descenso y ganar confianza curva tras curva.

Ese es uno de los grandes aciertos de Cambre d’Aze. La diversión no empieza necesariamente en las pistas rojas o negras. Un recorrido verde bien diseñado puede ser suficiente para que una familia, un adolescente o un adulto sin experiencia descubran la disciplina sin enfrentarse de golpe a raíces, escalones o pendientes excesivas. Con algo de inercia apenas fue necesario pedalear, salvo en un par de puntos muy cortos. La bicicleta avanzaba con fluidez y la tensión inicial fue desapareciendo. Al terminar la primera bajada ya no pensábamos tanto en la posición de los brazos ni en cómo frenar. Solo buscábamos la siguiente curva.
Desde ese nivel inicial se puede progresar hacia recorridos azules más rápidos, pistas rojas con mayores dificultades y trazados negros reservados para bikers experimentados. Todos ellos conservan un marcado carácter de enduro natural. Aprovechan las formas de la montaña y se integran en el bosque sin convertir la ladera en una sucesión de obstáculos artificiales.
Esa sensación de autenticidad es probablemente la principal virtud del conjunto. No parecía que hubieran construido un parque alrededor de la bicicleta, sino que los senderos siempre habían estado allí y alguien se hubiera limitado a limpiarlos, conectarlos y darles continuidad.
Pagar el telesilla o ganarse cada bajada
El forfait diario cuesta 25 euros, una tarifa razonable para quien quiera aprovechar la jornada y enlazar varios descensos. También puede adquirirse una sola subida por 13,50 euros. Los más ahorradores tienen otra posibilidad. Desde el sector de Eyne se puede remontar pedaleando por una pista forestal hasta alcanzar la zona superior sin utilizar el telesilla. El descenso puede salir así por cero euros, aunque la subida exige tiempo y piernas. Es una alternativa válida para quien busque una salida de enduro más tradicional. Para exprimir una jornada completa, en cambio, compensa pagar y dejar que El Mouli haga el trabajo duro. Junto a la base del telesilla encontramos también una zona para lavar las bicicletas, un servicio sencillo pero muy útil después de varias bajadas por el bosque.

El Chalet Sylvain, una pausa sin prisas
Cambre d’Aze permite detenerse sin necesidad de regresar hasta el aparcamiento. Junto a la llegada del telesilla funciona el Chalet Sylvain, un restaurante de montaña con terraza, parrilla y una pequeña zona chill out donde el ambiente invita a alargar la pausa. Se puede comer entre bajada y bajada o contratar el pack Endurogrill, que combina el forfait con una comida. La escena resume bien el carácter relajado del lugar. Bicicletas apoyadas junto a la terraza, cascos sobre las mesas y grupos comentando la última curva mientras llega la carne a la brasa.

Cambre d’Aze no es un bikepark gigantesco ni pretende serlo. Su atractivo reside precisamente en su escala, en el bosque y en la naturalidad de sus recorridos. También en la posibilidad de que una persona sin experiencia, como quien firma esta crónica, pueda vestirse por primera vez como un auténtico rider y terminar el día pensando ya en la siguiente bajada.
Formiguères, una tormenta antes de la primera bajada
En Formiguères, la montaña decidió cambiar nuestros planes. Llegamos al sector de Calmazeille, recogimos las bicicletas y las protecciones y estábamos preparados para subir cuando una tormenta de verano, acompañada de abundante aparato eléctrico, obligó a detener la telecabina. La prudencia se impuso y nos quedamos sin probar sus descensos.

El contratiempo no nos impidió conocer una propuesta que ha crecido con rapidez. El plano muestra seis circuitos repartidos entre una pista verde, tres azules, una roja y una negra, una variedad suficiente para iniciarse, progresar o buscar recorridos más exigentes. Los trazados descienden desde la parte alta de la estación, en buena medida entre bosques de pino negro. Todo apunta a un bikepark más moldeado y accesible que Cambre d’Aze, con senderos cuidados, pocas piedras y una conducción previsiblemente fluida. Nos quedamos con las ganas de comprobarlo sobre la bicicleta y, sobre todo, de recorrer la verde Formi Verte antes de avanzar hacia las azules Blueberry, Pelade y Porteille.

La tormenta convirtió la jornada en una visita incompleta, pero también dejó una excusa perfecta para regresar. Formiguères dispone, además, de alquiler de bicicletas y protecciones al pie de las pistas, mientras que el restaurante La Calmazeille permite completar el día sin abandonar la estación. El forfait diario cuesta 18,50 euros y también existe una fórmula Endugrill con comida incluida.
Más información
Consulta las páginas oficiales de Cambre d’Aze y Formiguères para ampliar información sobre sus bikeparks, circuitos, horarios, tarifas, alquiler de bicicletas y servicios de verano.



