Hoy se cumplen 47 años de una fecha fundacional para el montañismo vasco. El 12 de mayo de 1979, tres navarros, un catalán y un sherpa alcanzaron la cima del Dhaulagiri, de 8.172 metros, y lograron el primer ochomil para Euskadi. La cumbre fue coronada por Iñaki Aldaya, Xabier Garayoa, Gerardo Plaza, Jordi Pons y Ang Rita, después de una larga expedición al Himalaya marcada por el frío extremo, el viento, el trabajo colectivo y una retirada prudente tras asegurar el éxito. De aquellos cinco protagonistas de la cima, hoy solo Xabier Garayoa y Jordi Pons pueden recordar en primera persona una jornada que abrió al montañismo vasco la puerta de los ochomiles.

(Copyright/Archivo Gregorio Ariz)
La historia fue narrada poco después en El Diario Vasco —en su edición del 31 de mayo de 1979— por el periodista y montañero Juan Manuel Sotillos, que se había incorporado a la redacción apenas tres meses antes, en febrero de aquel mismo año. Aquella expedición fue una de sus primeras grandes pruebas de fuego periodísticas y su crónica supo medir el alcance de aquella ascensión para el alpinismo de la época. Turiski recupera ahora aquel relato para reconstruir no solo la noticia de una cima, sino también el clima emocional de aquellos días, la llegada tardía de la noticia a San Sebastián y la dimensión simbólica de un Dhaulagiri que abrió al montañismo vasco la puerta de los ochomiles.

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El artículo de Sotillos explicaba que la conquista se había realizado sin oxígeno, “con dificultad”, pero sin incidentes en el grupo de cima. También subrayaba la importancia de Gregorio Ariz, jefe de la expedición, que a su regreso a Pamplona escribió un informe detallado de la aventura. A partir de aquel documento, la crónica reconstruía una expedición que había durado tres meses y cuatro días y que convirtió al Dhaulagiri en la primera gran cima de más de 8.000 metros alcanzada por montañeros vascos.
Una alianza necesaria
La expedición tuvo también una intrahistoria de colaboración. La presencia de cuatro alpinistas catalanes respondió a un acuerdo práctico entre grupos con necesidades complementarias: los catalanes disponían del permiso para intentar el Dhaulagiri, pero no de los recursos económicos suficientes, mientras que el equipo vasco-navarro podía aportar la estructura financiera necesaria. De aquel compromiso nació una expedición común que terminó haciendo historia. En paralelo, Jordi Pons, uno de los catalanes del grupo de cima, dejó además un testimonio documental de enorme valor al filmar en 16 milímetros hasta la misma cumbre, en pleno vendaval y a más de 8.000 metros.

Una expedición navarra hacia la cara norte
La expedición, presentada como Expedición Navarra al Himalaya 79, estuvo dirigida por Gregorio Ariz. Iñaki Aldaya ejerció como director técnico y el grupo incluía, entre otros, a Javier Garayoa, Trini Cornellana, Gerardo Plaza, Ángel Iñigoain, Ángel Martínez, Javier Garreta, José Ignacio Ariz, Agustín Setuain, Juan Mary Eguillor, Mary Abrego, Javier Sorozábal, Pilar Garniza, Juan Masson, Jordi Colomer, Jordi Pons y Ramón Bramon.
El equipo llegó a Kathmandú el 10 de marzo de 1979. Tras resolver los trámites oficiales y recoger siete toneladas de material procedentes de Bombay, partió el 24 de marzo desde Pokhara con 250 porteadores. La aproximación siguió la ruta del Myagdi Khola hasta el pie de la cara norte del Dhaulagiri, donde el campo base quedó instalado el 8 de abril a 4.600 metros.
A partir de ese momento comenzó el lento trabajo de montaña. La expedición contó con el oficial de enlace Kaml Bhandari, el sirdar Sonam Girmi, los sherpas Ang Rita, Ang Nima, Lakpa Dorje y Kami Nuru, además de porteadores de altura, cocineros y correos. La colaboración de los sherpas sería uno de los elementos más destacados por Gregorio Ariz en su informe final.
Cinco campamentos y un trabajo de desgaste
La ruta elegida no admitía prisas. Tras explorar la parte baja del glaciar y superar una barrera de seracs, el equipo instaló el campo I a 5.150 metros el 11 de abril. Cuatro días más tarde, el 15 de abril, diferentes cordadas alcanzaron el collado noreste, donde se montó el campo II a 5.700 metros. Aquel punto se convirtió en un enclave esencial para el transporte de material.

El avance continuó por el espolón noreste. El campo III quedó establecido el 20 de abril a 6.830 metros. El 2 de mayo, la expedición instaló dos tiendas del campo IV a 7.180 metros, protegidas por un muro de roca. El escenario ya era extremo. La falta de oxígeno obligaba a extremar la prudencia, la temperatura rondaba los 30 grados bajo cero y el viento llegó a soplar con una violencia estimada de hasta 200 kilómetros por hora.
Entre los campos III y IV fue necesario instalar unos 500 metros de cuerdas fijas en pendientes de unos 45 grados. Por encima del campo IV, el equipo superó un muro de roca y una arista de nieve que conducía hacia las fuertes pendientes de la cara norte. El campo V se instaló el 9 de mayo a 7.600 metros, en una zona relativamente protegida del viento.
Pero la montaña aún no había dicho su última palabra. En dos días de temporal, el viento rompió cuatro tiendas en los campos III y IV y arrancó otra en el campo V. La expedición quedó obligada a resistir, reorganizarse y esperar una ventana meteorológica que permitiera el ataque definitivo.
Once horas hasta la cima
El 12 de mayo de 1979, el tiempo se estabilizó y el viento amainó. El equipo de punta salió a las tres de la madrugada. El termómetro marcaba 38 grados bajo cero. Quedaban 600 metros de desnivel hasta la cumbre. La progresión fue lenta y exigente. Once horas después, hacia las dos de la tarde, Iñaki Aldaya, Javier Garayoa, Gerardo Plaza, Jordi Pons y el sherpa Ang Rita alcanzaron la cima del Dhaulagiri, a 8.172 metros. Era la primera vez que una expedición vasca lograba una montaña de más de 8.000 metros.
En la cumbre encontraron una cuerda de 100 metros y una carta con dos fotografías de una expedición japonesa anterior, según recogía el informe citado por Sotillos. También tomaron fotografías y filmaron unas secuencias con una cámara de 16 milímetros. Eran pruebas materiales de una ascensión que iba mucho más allá del resultado deportivo.
El descenso hasta el campo V se completó en tres horas. El grupo pasó allí la noche. Un segundo equipo, formado por otros cuatro alpinistas y otro sherpa, estaba preparado para intentar la cima al día siguiente, pero el sirdar Sonam Girmi anunció un cambio brusco de tiempo. La expedición decidió retirarse. La cima ya estaba conseguida y no tenía sentido comprometer el éxito con un nuevo ataque.
Una retirada prudente y una tragedia cercana
La retirada de los campamentos duró dos días. El grupo se reunió de nuevo en el campo base y emprendió la marcha de regreso el 21 de mayo. Según dejó escrito Juan Manue Sotillos -31-mayo-1979- en El Diario Vasco, aquella ascensión fue la séptima absoluta al Dhaulagiri I, la quinta por la arista noreste y la tercera realizada íntegramente desde el Myagdi Khola.

(Copyright/Archivo Gregorio Ariz)
La expedición coincidió además con un grupo franco-suizo dirigido por el esquiador extremo Sylvain Saudan, cuyo objetivo era descender el Dhaulagiri con esquís tras ascender por la misma ruta noreste. Según el relato de Gregorio Ariz, la expedición navarra presentó una protesta oficial porque aquel equipo carecía del permiso correspondiente del Gobierno de Nepal. Finalmente, ambas partes llegaron a un acuerdo para que el grupo franco-suizo escalara en segundo lugar.
La montaña se mostró implacable justo después del éxito vasco. Al día siguiente de la cima, seis miembros de la expedición franco-suiza se encontraban en el campo V cuando varios aludes, provocados por el repentino cambio de tiempo, arrastraron una tienda en la que estaban el doctor Jean Louis Severy, de 30 años, y Erik Poumailloux, de 26. Ambos desaparecieron en la pendiente en medio de una fuerte tormenta. Durante el dramático descenso posterior también desapareció el sherpa Pemba, de 22 años. El resto del equipo bajó en condiciones muy difíciles hasta el campo base, donde fue atendido por los médicos Javier Garayoa y Trini Cornellana. Más tarde fueron evacuados en helicóptero a un hospital de Kathmandú con congelaciones graves en manos y pies.

El valor de un equipo
Cuarenta y siete años después, aquella cima mantiene todo su valor histórico. El Dhaulagiri de 1979 no fue solo una montaña alcanzada. Fue una expedición de estructura clásica, con aproximación larga, transporte de toneladas de material, montaje progresivo de campamentos, cuerdas fijas, temporales, decisiones tácticas y una convivencia estrecha entre alpinistas y sherpas.
El propio Gregorio Ariz dejó escrito que uno de los recuerdos más importantes de aquella expedición fue la entrega de los sherpas y la dirección de su sirdar, Sonam Girmi. También resumió la clave del éxito en una idea sencilla y poderosa: la expedición fue “un equipo compacto” que no escatimó esfuerzos para alcanzar un objetivo común. Una idea que también subrayó Jordi Pons cuando recordó para Turiski aquella cima, su segundo ochomil personal, como una conquista colectiva antes que individual.
Aquel objetivo era el Dhaulagiri y visto con la perspectiva del tiempo, fue también algo más. Fue la entrada del montañismo vasco en la historia de los ochomiles



